REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

EN LA PLAZA DE LOS MARIACHIS EXISTE LA PROSTITUCIÓN DE NIÑOS:
Chavos se prostituyen en pleno centro de la ciudad
Investigación periodística: David Dorantes/ Isaac Guzmán/ Daniel Taborda
Publicado en Siglo 21 los días de 15 de abril y 28 de Mayo de 1996

     Existen personajes que conectan a los clientes con los menores. El negocio no se advierte a simple vista, pero se ejerce en hoteles y centros nocturnos. Un punto clave es la plaza de Los Mariachis. Cobran entre 80 y 150 pesos una salida de media hora. Le tienen terror a la policía y se disfrazan de "mujeres grandes" o de muchachos, para disimular la edad.

     Existen. Están ahí, son de carne y hueso, aunque no figuren en la estadística oficial. Aparecen cuando son requeridos, pero hay que saber buscarlos. Y los "conectes" hacen pagar el precio. Quieren que el cliente vaya, venga, espere, se tome una cerveza. Después de algunas horas, llega la recompensa. Aparece una niña o niño que acepta ir al hotel. Sí, la prostitución infantil existe, sólo es cuestión de apretar el resorte justo.

     La plaza de los Mariachis, en Obregón y Licenciado Verdad, es un punto clave. Por quienes hay que preguntar es por la "Tía", el "Patachín", "Sofía", "Sergio", "el Pepe", "el Gordo" o "Minus", ellos saben cómo se mueven las cosas. Con sólo nombrarlos, mariacheros, vendedores clandestinos de cervezas y cuates que rondan por el lugar, aparentemente sin oficio ni beneficio, pasan del desconocimiento total hasta asegurar: "Sí, hay algo de eso por aquí".

     No sólo es un laberinto llegar a los chavos, sino también hay que sortear una "malla de seguridad". Los menores no se prostituyen sólos, sino que tienen quienes "exploten" sus condiciones de pobreza y poca capacitación laboral. Según Blanca Cisneros, coordinadora del Programa Menores en Condiciones Extremadamente Difíciles (MECED), "existe un mafia que se encarga de detectar y trasladar a los menores de un estado a otro y aún dentro de los propios estados".

     El primer contacto es con Javier, un lavacoches cuarentón que se pone dos relojes en el mismo brazo. "Todo pasa aquí, carnal. Espérame allá en la esquina, en los tacos y ahorita se hace". Hay que invitarle una cerveza; si no, no hace nada. Después regresa y dice: " Ahí andan unos chavitos, pero tienes que buscarlos tú". Efectivamente en la plaza, junto a la fuente, se ve un grupo de niños que corren jugando "trais" o "luchitas". También hay algunas niñas que quieren imitar a las mujeres adultas. Traen minifalda, la boca pintada y una de ellas fuma. Otra está drogada quizás con tonsol, le cuesta trabajo hablar y caminar, se sostiene de su amiga, la "China" que tampoco llega a los 15 años. Rondan por la plaza a la espera de algo.

     Por fin alguien se acerca a ellas. "¿Qué onda, andas chambeando?". Las dos niñas se quedan esquivas, miran fijo a su interlocutor. "Sí, andamos viendo qué sale".

     "¿Qué, cuánto me cobras por ir al cuarto?". La amiga, vestida de hombre, le dice al oído: "Mari, díle que 150 y el hotel".

     En el mejor de los días, recaudan 600 pesos. Mucho más que cualquier trabajador. La diferencia es que pocas veces les queda un peso en su bolsa. A cambio, reciben comida, protección y droga. La red de guardianes funciona, cuida que no se les caiga el negocio.

     El diálogo con la flaquita en la Plaza de los Mariachis, sigue. "¿Cuántos años tienes, estás muy niña?". Nuevamente la amiga entra al quite: "¡Díle que 18"! "No, estás grande, quiero una chica como de 13". Los ojos se agrandan y grita "¡Esos tengo!"

     La cita es en el hotel Las Ramblas casi enfrente de la plaza. En el maloliente cuarto la niña se alegra cuando se entera que no hay que copular, solamente platicar, aunque pregunta y advierte: "¿Eres tira? No le vayas a decir nada al Chino".

     Cuenta que no es de aquí, que se vino de un pueblo de Nayarit desde muy chica con unas amigas. Que roló la calle luego y que después, a instancias de un cuate que asegura no saber cómo se llama, comenzó a prostituirse. Que a veces duerme en un cuarto de hotel que le paga ese "cuate" y que es a él a quien hay que entregarle el dinero, por lo menos una parte. Cuando pasan los 30 minutos, la niña se viste. Antes de salir del cuarto insiste: "No digas nada, si no me madrean".

     El cuarto del hotel Las Ramblas no es el único escenario

     en donde se ejerce la prostitución infantil. De acuerdo a información que dispone el programa MECED, existirían en la ciudad una treintena de bares y centros nocturnos con la misma finalidad, además de ocho cruceros.

     El pánico de la niña a los "tira" y a la "madreada", tiene una explicación. Según la monja Genoveva Sosa, de las Hermanas Oblatas "a las muchachitas las persigue mucho la policía, las suben a las camionetas y muchas veces no las llevan a la delegación sino que abusan de ellas".

     El "Chino" es otro de los tipos que ronda por la Plaza de los Mariachis. Cuando se le pregunta a qué se dedica, dice: "Pues por aquí, a veces soy fotógrafo". Jura que no tiene que ver en el asunto pero todos los niños y niñas lo conocen.

     Laura no tiene más de 14 años. Tiene piernas y tórax flacos, aborda a un cliente. Antes de seguir le pregunta al "Chino" qué hacer. Ellos, los de la guardia pretoriana, están en todos los detalles. Atienden al público y a los que se mueven en carros blancos, uniformados. Con éstos últimos el trabajo es más intenso, porque son tres turnos diarios que deben atender y depositar en la "alcancía de la protección" entre 30 y 100 pesos por visita.

     La madrugada se alarga. Cerca de las cinco, la niña accede ir al cuarto. Esta chava cobra 80, más la estadía en el hotel El Aguila. No habla, sólo se desnuda. "Me chingan, no tengo por qué hablar", se excusa antes de volver a la plaza.

Niñas se prostituyen frente a una comandancia de la policía. 28 de Mayo de 1996

     La prostitución infantil se ejerce frente a las narices de la policía. Justo al frente del edificio de la comandancia de la Zona 1, en los cuartos del hotel La Salud, ubicado en la calle Las Conchas, entre 5 de Febrero y Los Ángeles. Quienes transitan la zona saben que el "conecte" es en la llantera que está al lado mismo del hotel. Ahí empieza la historia.

     Los llanteros, uno apodado el "Pato Forever", son los padrotes encargados del primer contacto con el cliente. Hay que llegar hasta ellos y sostener un diálogo tenso, por momentos absurdo. Hacer como que sí y como que no. "Oye, tú sabes en dónde puedo conseguir mota". Ellos estudian al posible cliente, lo miden, hablan en una jerga de iniciados para saber hasta dónde el interlocutor está enterado de las cosas "¿Te quieres 'poner'? ¿'Cois' o 'mois'?"

     Luego se gana su confianza. Uno de ellos fuma mariguna y convida al cliente. Mientras tanto en la calle pasan dos patrullas, de las blancas, Cavalier, nuevecitas, de la policía. Conocedores del terreno que pisan, los "llanteros" calman al cliente. "Son camaradas, no te saques de onda".

     Se pregunta sobre "niñas". Su respuesta es que "aquí al lado, en el hotel La Salud". Pero en la calle no se ve a nadie. El "Pato Forever" parece saberlo todo: "pues ahorita está desocupada la ... (dice un nombre que se preserva en el anonimato). Tiene 16 años y está en su cuarto, ¿está bien?". Enseguida manda al otro llantero, su ayudante, un adolescente de pelo largo y con tatuajes, a buscar a la chamaca. Ella llega en menos de cinco minutos.

     Se establecen las negociaciones "¿qué, cuánto?". En principio pide 100 pesos más 15 del cuarto. El cliente ofrece 100, incluído el cuarto. Ella duda, revisa la facha del que paga. Y en un momento le pregunta con la mirada al "Pato Forever" si está bien. El padrote, quien no debe de tener más de 25 años, asiente. La escena se desarrolla en el segundo cuarto de la llantera, lejos de miradas indiscretas.

"Almas desvalidas"

     Se van del lugar y entran al hotel. Un inmenso letrero cubre la fachada. "Lugar para almas desvalidas. Métodos naturales de curación. Bienvenidos". En un remedo de recepción, la muchacha, vestida de blanco con una especie de jumper, corto y con pantalones cortos, paga, se queda con el cambio y espera que le den un condón.

     Un niño, sin camiseta, dice "voy por el condón" y de repente comienza a treparse por una pared hasta colarse como gato por una ventana que da a un cuarto oscuro. La adolescente comienza a caminar hacia adentro del hotel, rumbo a un patio interior del lado izquierdo y que desde la calle no se ve. Una veintena de tipos, algunos sin camisetas y con tatuajes, otros rapados de la cabeza y casi todos con pantalones de mezclilla y tenis, escuchan música de una grabadora a todo volumen. Una camioneta destartalada que alguna vez fue beige y con placas HXY 4897 está estacionada frente a un montón de basura.

     Al llegar al patio interior, en donde un tipo se droga ayudado con un bote vacío de Tecate para retener el humo, la chava se mete al cuarto.

     La habitación tiene por única decoración una cama, recargada en una pared, con una colcha tan vieja que las flores que la decoran ya están borradas. No hay baño, ni espejo, ni nada más que una ventana por la cual espían los malencarados del segundo piso. Solamente una especie de repisa de cemento en una esquina en la cual la adolescente, casi niña, coloca su jumper.

     El hedor es insoportable. En las paredes pintadas de azul hay manchas viejas de pintura roja en aerosol, mocos y algo que parece excremento.

     La chica al desnudarse habla de las cicatrices de su cuerpo. Todo pasa en menos de cinco minutos. Luego ordena: "¡Vístete pues y salte!" Afuera hay más niñas. Algunas con la mirada perdida. Charlan y juegan.

     "Ellas también están trabajando", dice mientras se va a reunir con sus camaradas, a presumirles sus ganancias con risas y la satisfacción de decir: "¡Ni me hizo nada!".

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