REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

PROSTITUCIÓN INFANTIL EN GUADALAJARA

     La existencia de redes de prostitución que ofrecen los servicios de niños y niñas en las calles de Guadalajara no era un secreto para los reporteros del diario Siglo 21. Tampoco el hecho de que uno de los centros principales de esa actividad sea la conocida Plaza de los Mariachis, siempre llena de sones jalisciences, de turistas y, por supuesto, de clientes potenciales para ese abusivo negocio.

     Sin embargo, la policía aportaba muy poca información sobre esa actividad, la cual por otra parte tampoco parecía combatir con demasiado esmero. Por ello, cuando Siglo 21 decidió hacer un reportaje especial sobre la prostitución infantil, los reporteros comprendieron que si deseaban conocer de cerca las redes de prostitución tendrían que infiltrar algunas de ellas y tratar de hablar directamente con las pequeñas que ofrecen sus servicios en pleno centro de Guadalajara.

     Esa era la misión de David Dorantes, miembro del equipo de reporteros que cubren esa ciudad. David fue a dos sitios diferentes para iniciar sus contactos, pero al principio su conversaciones con vendedores callejeros y otras fuentes resultaron estériles. "No sabemos nada de niñas que se prostituyan", decían, a pesar de que las chiquillas caminaban en esos momentos por la plaza.

     Fue sumamente difícil, recuerda David, pero poco a poco fue ganando la confianza de los personajes de la calle al convivir con ellos, incluyendo a quienes controlan a las niñas y arreglan las citas.

     Un día David conversaba con uno de esos individuos, quien fumaba un tosco cigarrillo que claramente no era tabaco. El reportero se asustó cuando un agente de la policía se acercó a ellos, pero el hombre sonrió y dijo refiriéndose al oficial: "No te preocupes, están con nosotros". Era obvio que esta gente veía a los policías como amigos.

     Con esa labor de acercamiento, David logró ganarse la confianza de los padrotes y, fingiendo ser un cliente, contrató sendas citas con dos niñas. Una tenía doce años, y la otra ocho. David subió con cada una de ellas al cuartucho de un miserable hotel y, para sorpresa de las pequeñas, habló con ellas y trató de conocer algo de sus vidas. En ambos casos las niñas le dieron un nombre, pero casi nada más. Con miedo, le explicaron que les pegarían si decían algo sobre su trabajo o las personas que las controlaban. Al final, ambas estuvieron muy contentas de recibir unos pesos por el servicio que, en esa ocasión, no fue físico.

     El conmovedor reportaje que publicó el equipo de Siglo 21 fue un éxito periodístico, pero las autoridades no hicieron absolutamente nada. Tampoco el párroco de la iglesia que comparte la plaza con los mariachis, los vendedores callejeros, los turistas y los niños. "No tengo recursos suficientes para ayudarlos", dijo.

     Para David, por supuesto, no resulta tan sencillo desentenderse del asunto.

     La experiencia lo afectó profundamente, y sigue pensando con frecuencia en las condiciones en las que esas niñas han pasado sus breves vidas.

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