| Un ejemplar de uno de los libros periodísticos de Alberto
Donadío, publicado hace trece años, lleva la dedicatoria "Para mi compañero en el
exilio de los libros..." En 1984, Donadío aún trabajaba en la unidad
investigativa del periódico El Tiempo, en Bogotá. No sabía que esa unidad, que
él había fundado con Daniel Samper siete años antes, iba a desaparecer en 1987,
asediada por dentro y por fuera, en momentos en que Colombia se hundía en una de sus
peores crisis de violencia. Ésta había comenzado tres años antes, cuando los
pistoleros pagados por los traficantes de drogas acabaron con la vida del ministro de
justicia, Rodrigo Lara Bonilla, y se recrudeció a partir de 1986, con el asesinato del
director del diario El Espectador, Guillermo Cano.
La ola de crímenes se extendió por todo el país, promovida por los grupos
paramilitares que las mafias colombianas de la droga habían organizado y entrenado, con
la ayuda de mercenarios de Inglaterra e Israel, con la tolerancia del Estado y el respaldo
silencioso de algunos jefes políticos.
En muy poco tiempo las palabras de Donadío se convirtieron en profecía. Las unidades
investigativas de varios periódicos, que habían surgido en medio de los debates
provocados por las primeras investigaciones publicadas por El Tiempo,
desaparecieron una tras otra después de 1987. Las presiones y las amenazas contra los
periodistas se multiplicaron. Primero, en llamadas telefónicas y papeles anónimos.
Luego, en las primeras "listas negras" publicadas en la prensa.
Ocultos tras la máscara de siglas hasta entonces desconocidas, los grupos
paramilitares amenazaron de muerte a líderes políticos de los grupos de oposición,
dirigentes sindicales, abogados, miembros de organizaciones para la defensa de los
derechos humanos, escritores y periodistas. Y cumplieron sus amenazas...
En 1988, ya no existía en Colombia una sola de las unidades investigativas que se
habían fundado a principios de la década, y muchos de los periodistas que se habían
atrevido a escribir con independencia habían sido asesinados o se habían exiliado.
Daniel Samper y Antonio Caballero, los dos más destacados, vivían en Madrid.
Ambos fueron calificados como "sicarios morales" por los políticos corruptos
que ellos habían denunciado en sus columnas y en sus in-vestigaciones.
Olga Behar y Laura Restrepo, dos periodistas que habían escrito re p o rtajes sobre el
fracasado pacto de paz con las guerr i l l a s y la toma del Palacio de Justicia durante
el gobierno del presidente Belisario Betancur, se habían exiliado en México. Otros
escritores y
reporteros que habían publicado investigaciones sobre los movimientos guerrilleros,
como Arturo Alape, o sobre los capos del narcotráfico, como Fabio Castillo, habían
tenido que viajar a Cuba o Estados Unidos. Los demás acallaron sus plumas o abandonaron
los periódicos. Unos pocos, sin embargo, se exiliaron en silencio en el y Carlos Pizarro,
del Movimiento 19 de Abril. La campaña de terror contra los periodistas alcanzó su punto
culminante con la explosión de un camión cargado de dinamita que destruyó parcialmente
el edificio del diario El Espectador, en Bogotá. Unos meses más tarde fueron
voladas las instalaciones del periódico Vanguardia Liberal, en Bucaramanga.
Mientras la lista de muertos se alargaba, los periodistas seguían escribiendo.
Algunos, como Alberto Donadío y Silvia Galvis, lo hacían fuera del país, desempolvando
documentos sobre la historia contemporánea de Colombia en archivos diplomáticos de
Italia e Inglaterra, o investigando la correspondencia de los embajadores de Estados
Unidos en los archivos de la Biblioteca del Congreso. Otros, como Antonio Caballero y
Daniel Samper, continuaban enviando columnas y reportajes desde España.
En Colombia, nuevos y viejos reporteros, unos adentro y otros afuera de los
periódicos, seguían el rastro de los acontecimientos que sacudían al país.
Muchos de ellos hacían su trabajo con la certeza de que los datos que averiguaban
podrían morir en las páginas de sus libretas de a-puntes.
Otros pensaban que lo que sucedía por lo menos se podía in-vestigar. Con los años,
tal vez podría servir para escribir un libro de reportajes o, en último caso, una novela
que contara esa historia como una ficción, como lo hizo en México en los años veinte
don Martín Luis Guzmán.
El tiempo probó esas conjeturas. A causa de las amenazas contra los periodistas y los
periódicos, pero sobre todo a causa de la autocensura y la desaparición de los
reportajes investigativos en la prensa diaria, muchos de esos reporteros fueron a parar
con sus cuartillas al "exilio" de las editoriales que se atrevieron a publicar
sus libros.
Germán Castro Caycedo, uno de los pioneros del periodismo investigativo en Colombia,
ya había colonizado ese mundo desde 1976, cuando se retiró de El Tiempo después
de siete años de trabajo, y publicó el primero de sus nueve libros, Colombia amarga.
Fiel a su idea de que "el buen periodismo es producto de la terquedad y la
paciencia", Castro reunió algunos de los mejores reportajes que había publicado en El
Tiempo. Hoy, ese libro ha superado las veinte ediciones y es tal vez el título más
vendido en el país después de Cien años de soledad. Además, es texto obligado
de estudio en las academias militares dedicadas a la formación de oficiales en la
policía y el ejército.
Castro fue uno de los reporteros que decidió quedarse en su país para ver de
cerca el duro momento que atravesaba. Uno tiene que meterse en la cabeza que el
compromiso del periodista es con la gente, y que la gente sólo quiere que uno le cuente
lo que está pa-sando, dijo en 1989. Él lo hacía desde una década antes, cuando
investigó, con la colaboración de Alberto Donadío, los estragos cau-sados por el uso
del agente naranja en la fumigación de cultivos de algodón. La publicación
de estos re p o rtajes y su serie sobre la corrupción en la Contraloría General de la
Nación son tal vez los antecedentes históricos más importantes del periodismo
investigativo moderno en Colombia.
Viviendo en Colombia, pero publicando sus reportajes durante más de veinte años desde
el exilio de los libros, Germán Castro Caycedo ha logrado contar algunas de
las historias más conmovedoras de esta época. Desde la colonización de las selvas del
Orinoco y el Amazonas y los rezagos de la violencia partidista, hasta el surgimiento de
las mafias del tráfico de drogas, la emigración clandestina de colombianos a Estados
Unidos, la lucha de los guerrilleros y la historia más reciente de los grupos
paramilitares.
Alberto Donadío, con métodos de trabajo diferentes, y metido casi siempre en los
archivos, ha hecho algo parecido. Desde su primer libro, aparecido en 1983, ha publicado
siete más, en los que se ha ocupado de la corrupción en los bancos y en el gobierno; el
manejo
irregular de los fondos del subsidio familiar; la penetración de los nazis en Colombia;
la dictadura militar del general Gustavo Rojas Pinilla; la guerra entre Colombia y Perú
en los años treinta, y la figura polémica del fiscal general Alfonso Valdivieso.
Dos de esos libros Colombia nazi y El jefe supre m o los escribió con
Silvia Galvis, otra de las pioneras del periodismo investigativo en Colombia. Galvis
trabajó con Donadío y Samper en la unidad investigativa de El Tiempo, y luego fundó la
del periódico Van-guardia
Liberal. Y ella también ha encontrado refugio en los libros: durante los últimos años
ha publicado dos novelas y un bello libro de testimonios, Los García Márquez. Gabriel
García Márquez, quien no oculta su nostalgia por el oficio de reportero que aprendió
desde 1948, tampoco ha estado ausente de esta historia. El año pasado sorprendió a los
lectores de sus
novelas con la publicación de Noticia de un secuestro, un reportaje basado en la
investigación a fondo de un largo secuestro de varios periodistas por el cartel de
Medellín. El libro es una de las mejores piezas de periodismo investigativo publicadas en
Colombia en
los últimos años, y recoge los detalles de una historia de muerte y de miedo que obligó
al Estado colombiano a negociar por primera vez un acuerdo político para prohibir la
extradición. Este acuerdo condujo luego a la entrega de Pablo Escobar, jefe del cartel de
Medellín, y al aniquilamiento posterior de esa organización.
La lista de libros, de temas y de periodistas que se han ocupado de la historia
contemporánea de Colombia desde la perspectiva del periodismo investigativo es menos
larga que la lista de los muertos, pero con el paso de los años se ha ido acrecentando.
Arturo Alape, un escritor que viene de la literatura, se sumó a ella con su libro El
bogotazo, memorias del olvido, una admirable investigación histórica y
periodística sobre el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. Este
hecho fue el punto de partida de la violencia política de la última mitad del siglo, que
aún no acaba en Colombia.
Gerardo Reyes, quien permaneció fiel a su oficio hasta los días finales de la unidad
investigativa de El Tiempo, en 1987, ha encontrado un nuevo hogar en The Miami Herald. El
también se ha sumado al exilio con un libro, Periodismo investigativo,
publicado en México por la editorial Trillas, en colaboración con la Universidad
Internacional
de la Florida.
Su antiguo jefe, Daniel Samper, desde su exilio en España, ha publicado una nueva
antología de grandes reportajes colombianos escritos desde 1930 hasta nuestros días, y
varios libros donde recopila sus divertidas columnas de humor. De política y corrupción,
sus viejos temas en la unidad investigativa de El Tiempo, no ha vuelto a ocuparse por
decisión propia.
Antonio Caballero, por su parte, ha publicado una recopilación de sus mejores columnas
aparecidas en el diario El Espectador, y en las revistas Semana y Cambio 16. Su regreso a
Colombia coincidió con la salida de la segunda edición de su novela Sin remedio. A los
nombres de Alape, de Reyes, de Caballero y de Samper pue-den agregarse algunos más:
Gonzalo Guillén, Olga Behar, Ramón Jimeno, Laura Restrepo, María Jimena Duzán, Luis
Cañón, Fabio Castillo, Ignacio Campuzano, Edgar Torres, Fernando Cortés, Pedro Claver
Téllez, Antonio Morales, Javier Darío Restrepo, María Teresa Herrán. Ellos, y algunos
otros que no alcanzo a mencionar, han publicado durante los últimos quince años libros
que se ocupan de la violencia causada por las guerras de la droga; la violencia política,
militar, de la guerrilla y de los grupos paramilitares; los fracasos de los pactos de paz
entre el gobierno y los grupos guerrilleros; los problemas de la economía y la
corrupción política; la explosión del volcán Nevado del Ruiz; las vidas de los jefes
de los carteles de la cocaína y sus sicarios; los asesinatos de Luis Carlos Galán y
otras figuras nacionales de la política y el periodismo.
Durante estos largos años de crisis, los libros de estos periodistas han mantenido
vivo el periodismo investigativo en Colombia. A pesar de los crímenes, las amenazas y los
atentados cometidos contra tantos reporteros y columnistas, los colombianos han recibido a
través de ellos informaciones, testimonios e historias que de otro modo no habrían
podido llegar a sus manos. Esto les ha permitido comprender un poco más allá las
verdades que se esconden detrás de la realidad compleja y contradictoria que ha vivido su
país.
Casi todos los exilios son tristes. En 1985 yo ingresé por voluntad propia a ese mismo
exilio y empecé a escribir como si fueran ficción algunas de las historias de mi vida de
periodista. También in-tenté hacer del libro una voz que hablara por tanta gente que se
quedó sin voz. Tal vez por eso, cuando vuelvo a mirar la dedicatoria que me escribió
Alberto Donadío en 1984, por la misma época en que publicaba la primera novela, y repaso
la larga lista de libros escritos por los periodistas colombianos desde ese año aciago,
en medio de tantas historias de desgracia, me digo con una sonrisa de alegría: Juan, no
nos digamos mentiras, para todos nosotros, éste ha sido un exilio feliz...
Juan José Hoyos, periodista colombiano y profesor de la Especialización en
Periodismo Investigativo de la Universidad de Antioquia, trabajó durante siete años como
reportero del diario El Tiempo. |