Trágicamente, parecería que a la historia le gusta andar a traspiés: al mismo tiempo
que se daba por terminado el sistema de apartheid en Sudáfrica, se registraba en Ruanda
el principio del genocidio; cuando se celebraba la caída del comunismo se dejaba entrever
el ultra-nacionalismo y la intolerancia; y al tiempo que se festejaba el cincuentenario de
la derrota del nacionalsocialismo, se observaba por toda Europa el aumento de los
movimientos de extrema derecha.
Todos los días la prensa nos reporta un mundo de odio, teñido de agresiones racistas,
de incendios criminales, de francotiradores, de fatwas, de exclusión. El léxico europeo
del siglo xx, ya marchito por los términos genocidio y holocausto, se vio obligado a
agregar en esta última década la expresión purificación étnica.
Sería agradable celebrar el papel de los medios en el fortalecimiento de la cultura
de la paz y de la tolerancia. Sin embargo, tenemos que hablar primero del papel de los
medios en favor de la guerra y de la intolerancia, puesto que durante los diez últimos
años ciertos periodistas si es que merecen ese título han sido los
instrumentos de la violencia y de la muerte. Los medios de odio convocaron al
genocidio en Ruanda, prepararon la purificación étnica en la antigua Yugoslavia y
alimentan hoy el odio contra las minorías casi por toda Europa.
Estos medios han sido instrumentos, ya que en la mayoría de los casos no sirvieron
más que de apoyo propagandístico, de relevos de la estrategia gubernamental y de grupos
políticos decididos a aplastar, a excluir y a limpiar. Los medios del Estado,
pero también los medios privados, desinforma-ron,
mintieron, deshumanizaron.
Soportan así una de las más pesadas responsabilidades en el aumento de la violencia.
Ya en noviembre de 1992, el informe Mazowiecki denunciaba el papel negativo de los
medios en la antigua Yugoslavia, acusándolos
de dar informaciones mentirosas e incendiarias, y de atizar el clima de odio y de
prejuicios mutuos que alimentaron el conflicto en Bosnia-Herzegovina. Dicho de otra
manera, era necesario primero matar con el espíritu y luego con las armas.
Pero no erremos el tiro: el discurso del odio prospera con mayor frecuencia en el
campo de la censura estatal o teocrática. Como los ejemplos de Ruanda y de la antigua
Yugoslavia nos lo recuerdan, ese discurso e s raramente el fruto de un exceso
de libertad de expresión; se trata más bien de un exceso de poder del Estado. Hablar de
racismo y de medios nos impone entonces el compro-miso
de hablar más de liberar a la prensa que de silenciarla.
El ejemplo de los medios de odio ilustra la manipulación de las tensiones
étnicas ejercidas por los gobiernos y exige respuesta a la cuestión de la independencia
de los medios frente al poder estatal.
Los medios que convocan al genocidio, a la matanza religiosa, a la discriminación, nos
enfrentan con un dilema: ¿cómo condenar al silencio esas voces sin asfixiar de paso las
voces de la libertad? En otras palabras, ¿hay
que limitar la libertad de expresión para preservar la democracia? En Human Rights Wa t c
h c o n d e n a m o s toda forma de discriminación, pero consideramos al mismo tiempo
sospechosa cualquier acción gubernamental dirigida a criminalizar cualquier expresión
que no incite a un acto ilegal, y presumimos que toda ley o acción que no se apoye en una
interpretación estricta de la incitación viola el derecho a la libertad de
expresión. La grandeza de la democracia, su fuerza, es la de dar dentro de los
límites del derecho la libertad a los enemigos de la libertad, de ofrecer el
beneficio del Estado de derecho a aquellos que nos prometen, de llegar al poder, la
arbitrariedad y la prisión. Tan sólo imaginar la represión equivale en cierta forma a
con-fesar
la derrota del pensamiento frente al odio y al terror.
Los periodistas deben primero informar, dentro del respeto a las normas más exigentes
de su profesión: con rigor, honestidad y equilibrio. Decir la verdad, toda la
verdad, decir tontamente la verdad tonta, aburridamente la verdad aburrida, tristemente la
verdad triste, decía Charles Péguy. Esto implica salir de la información
espectáculo, que tiende a dramatizar y caricaturizar para más tarde olvidar.
Sólo una cobertura tenaz con seguimiento permite c o m p render el caso y colocar al
evento dentro de un contexto que le dé sentido. Los medios también deben asumir con
mayor convicción su papel de contrapoder; poner en duda todas las declaraciones envueltas
en los pliegues de la bandera nacional
y los buenos sentimientos; desmenuzar las políticas y las cifras. Deben promover
el debate, la reflexión, la contradicción. El periodismo de reverencia o de connivencia
sigue siendo la regla, desgraciadamente.
La única información verdadera, escribió recientemente el director de Le
Monde, es la que molesta a las conciencias aletargadas y a los consensos
comodinos.
Y hablemos de valentía. Frente al espacio público abandonado a las fuerzas de la
intolerancia, pretender mantenerse neutrales en nombre de los principios profesionales
sería negar que las mejores páginas del periodismo se han escrito en los combates por la
libertad, los derechos humanos y la justicia. ¿Por qué se recuerda hoy a Zolá, a Albert
Londres, a Guillermo Cano, a I.F. Stone; por qué celebramos hoy a Gao Wu , si no es
porque alcanzaron a unir en favor de
la dignidad del hombre las formas más nobles del oficio con los compromisos más
atrevidos? Hablar de estos periodistas valientes es también recordar que hay otros que no
son más que estenógrafos de la dicta-dura.
Aun cuando tengan la misma profesión, no ejercen el mismo oficio. El periodismo que
practican los nombres más prestigiosos de la prensa internacional ha sido siempre un
periodismo que toma partido por las libertades, por la tolerancia, por la solución
negociada; pero que rechaza estos tres términos cuando la libertad es la libertad del
tirano para reprimir, cuando la tolerancia es la indiferencia frente a la intolerancia y
cuando la negociación cubre la abdicación frente a lo intolerable. Cuando amenaza la
cacería de brujas, la independencia
no se confunde con la neutralidad. Un periodista debe ser objetivo, decía
Elie
Wiesel, pero un periodista no puede ser neutro. La neutralidad no hiere nunca al
verdugo, sólo a la víctima. No se les puede pedir a los periodistas que dejen de ser
humanos para hacer bien su trabajo.
Esta contribución del periodista a la lucha por la democracia y la tolerancia cumple
su papel a plenitud si tiene la audacia de poner en la cima de sus virtudes la libertad,
la independencia, la búsqueda de la verdad y la humanidad; de escoger cada vez frente a
la nación, a la etnia o a la comunidad, el respeto a los derechos fundamentales del
hombre. El periodismo sin humanidad no es más que comercio o propaganda.
Jean-Paul Marthoz es el director europeo de Información de la organización
humanitaria internacional Human Rights Watch. Este texto es la adaptación de un discurso
pronunciado en el congreso de la Federación Internacional de Periodistas sobre racismo y
tolerancia en el periodismo, cele-brado
en Bilbao, España.