ARTÍCULO

ESTAR SIEMPRE AHÍ, EN LA JUGADA
Por Gerardo Reyes*

     ¿Cómo desarrollar ideas y proyectos de investigación sobre narcotráfico? No hay muchas cosas técnicas que aprender en este campo, pero las dos claves para cubrir con éxito este tema son el sentido común y la perseverancia.
     El periodista que quiera investigar de manera exitosa el mundo del narcotráfico tiene que estar siempre ahí, en la jugada, siguiendo los cambios y las tendencias de un negocio de por sí inquieto y volátil, y cuyos indicadores no aparecen en la bolsa de Nueva York. Debe saber quién es quién en las organizaciones y estar al día en las noticias de los que caen y los que surgen; en las rutas del trasiego de drogas; en las nuevas formas de empaques y embalajes de la mercancía, y en los atajos que se ingenian los narcotraficantes para lavar su dinero.
     Debe conocer las políticas para la lucha contra la droga e identificar sus contradicciones, y seguir los procesos judiciales contra los miembros de los carteles de la droga, especialmente en Estados Unidos, donde los documentos judiciales casi siempre son públicos.
     También debe publicar un buen número de notas que no sean necesariamente grandes reportajes de investigación, para que su nombre empiece a ser reconocido entre sus fuentes potenciales. La disciplina de estar ahí, en la jugada, es importante también porque las buenas historias sobre narcotráfico surgen de atar cabos, de cruzar nombres y circunstancias que a veces solo están en la memoria del reportero o en su libreta de notas.
     La cobertura del narcotráfico no es una labor fácil ni segura. Para empezar, el trabajo es diferente al de los periodistas que investigan en fuentes tangibles como los juzgados, el gobierno municipal, el congreso o los bancos, las cuales producen toneladas de papeles y evidencias. Pero los reporteros que cubren el negocio de las drogas dependen básicamente de dos fuentes, casi siempre de alto riesgo, que son los agentes antinarcóticos y los propios narcos.
     El policía antinarcóticos es en general un perdedor, un funcionario que sabe que la guerra contra el narcotráfico se está perdiendo, y por lo tanto es muy dado a exagerar sus esfuerzos o a restarle importancia a sus fracasos.
     Por otro lado, el reportero tiene que lidiar con delincuentes cuyo negocio funciona con trampas y engaños. Y como en el mundo del narcotráfico existen pocos rastros documentales, hay muchas informaciones cuya publicación depende de la íntima convicción del periodista en torno a quien está contando la verdad.
     Ante esta incómoda y muchas veces prolongada disyuntiva, los periodistas latinoamericanos han optado por una solución que tiene muy poco de periodismo de investigación, pero que se ha convertido en un seguro de vida profesional y personal y en una alternativa para resolver los problemas de credibilidad en horas de cierre. Consiste en producir reportajes basados en las investigaciones de fiscales, procuradores, agentes y otros funcionarios, en los que el reportero se limita a dar algunos datos circunstanciales valiosos, ciertas hipótesis y mucho color.
     Pero no siempre las autoridades se enteran antes que los periodistas de lo que está ocurriendo en el mundo. Muchas veces los testigos del narcotráfico acuden a contar sus experiencias a salas de redacción, antes que a las procuradurías. Para aprovechar estos testimonios, los reporteros de países como Colombia, Perú y México utilizan un mecanismo que podría provocar reparos éticos, pero que en la práctica es uno de los pocos recursos que les ha permitido reducir los riesgos de amenazas y denuncias por difamación.
     Esta modalidad, que no es un invento criollo y se ha usado en Estados Unidos, consiste en convencer a los informantes que rindan una declaración formal o informal de los mismos hechos que relataron al periodista, pero ante un funcionario investigador. De esta manera el testimonio queda aparente o realmente "judicializado", y el reportero se siente más tranquilo al citar las palabras del informante como parte de un testimonio rendido a las autoridades, cuando en realidad fue el primero en escucharlo.
     Muchos reportajes sobre narcotráfico que se publican en América Latina parecen ser el resultado de una investigación oficial, cuando en realidad es el trabajo camuflado de un periodista decidido a salvar su pellejo.
     Esa doble vía del flujo de información, fiscalías-medios y medios-fiscalías, funcionó sin escrúpulos profesionales en Colombia durante el escándalo de los dineros del narcotráfico en la campaña del presidente Ernesto Samper. Por meros tecnicismos jurídicos, el caso de la fiscalía general contra el presidente era débil desde un punto de vista estrictamente legal. Sin embargo tenía un demoledor peso moral que lo convertía en un bocado de cardenal para la prensa. A Samper no se le podía probar que supo de antemano del ingreso de 6 millones de dólares del cartel de Cali, pero para muchos era moralmente inadmisible que no haya renunciado al enterarse.
     Así, los indicios que no le servían a la fiscalía para comprometer al presidente, lucían en la prensa como pruebas irrefutables de su complicidad. Y lo único que tenían que hacer los periodistas para obtenerlos era abrir las puertas de sus oficinas al mensajero del fiscal. Los micrófonos estaban siempre abiertos para escuchar las declaraciones del fiscal Alfonso Valdivieso, un funcionario incorruptible cuyos colaboradores podían abrir las compuertas del secreto bancario y otros santuarios de información sobre enriquecimiento ilícito, por lo general vedados a los periodistas.
     Los reporteros, por su parte, contribuían a la alianza enviando a la fiscalía a los narcotraficantes arrepentidos que llegaban a las salas de redacción a contar historias increíbles. De esa alianza quedó un vicio, el de la exagerada dependencia de los periodistas con la fiscalía, y un candidato a la presidencia, Valdivieso.
     Pueden hacerse algunas recomendaciones concretas para cubrir este campo. Por ejemplo, asistir a las ruedas de prensa en las que se anuncian nuevas redadas antinarcóticos o confiscaciones, aún cuando el reportero no vaya a escribir sobre ellas.
     También es indispensable mantener contactos en países como Perú, Bolivia, Colombia, Panamá y México, ya que quien cubra el narcotráfico no puede darse el lujo de carecer de fuentes en las capitales del negocio. Por ejemplo, podría pensarse que debido a que en Colombia la lucha contra el narcotráfico está en manos de la policía, esta institución no ofrece información muy abundante. Sin embargo, no conozco una dependencia más dispuesta a ayudar a los periodistas nacionales y extranjeros que la oficina de prensa de la Policía Nacional de Colombia. Los colegas que han viajado a Bogotá habrán comprobado que, por ejemplo, no resulta imposible tener una entrevista con el director de esa institución, el general Rozo José Serrano.
     Por otra parte, en América Latina los periodistas tenemos la desventaja de que los procesos penales están protegidos por la llamada reserva del sumario. En Estados Unidos la reserva es la excepción, y esto permite a los periodistas tener acceso a un paraíso de información a través de los expedientes judiciales de los casos de narcotráfico, los cuales ofrecen material inédito para dar y convidar.
     Aparte de la versión fría y legal de los cargos, pueden encontrarse en ellos las declaraciones juradas (affidavits) de los agentes que participaron en la operación, así como las pruebas que salen a relucir en la etapa anterior al juicio tales como grabaciones, documentos (agendas de teléfonos y papeles contables confiscados), direcciones de propiedades, fotografías y acuerdos de cooperación.
     El año pasado, mientras miraba en la Corte Federal de Miami una de las 16 carpetas que componen el juicio más grande que se ha hecho al cartel de Cali, descubrí que el contador del cartel en Miami, Harold Ackerman, mencionó en una conversación el nombre de un conocido político colombiano. Hice copias de las transcripciones y de la declaración del agente del caso, y llamé a Colombia.
     Yo pensaba que era un historia conocida, pero me sorprendí cuando me dijeron que era inédita. La información indicaba que Ackerman había transferido dinero al exsenador a quien las autoridades estadunidenses consideraban como un enlace del narcotráfico. El senador ya estaba preso en Colombia por cargos de enriquecimiento ilícito, pero a juzgar por la llamada que me hizo la fiscalía al día siguiente de la publicación, me di cuenta que no tenían esa información.
     Más aún, en muchos casos el periodista no tiene que viajar a la ciudad donde se realiza el juicio para obtener copias de las transcripciones de los procedimientos y otros documentos, ya que los llamados reporteros de la corte (court reporters) pueden enviar copias electrónicas de las transcripciones al día siguiente de la audiencia. Sus nombres y direcciones aparecen en internet, pero hay que advertir que cada página de estos documentos puede costar un dólar.

     *Gerardo Reyes es reportero del diario The Miami Herald. En el próximo número de La Red publicaremos sus sugerencias para cubrir el lavado de dinero relacionado con el narcotráfico.

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