COLUMNA

NARCOTRAFICANTES: Los nuevos censores
Por Jorge Zepeda Patterson

     Como los marineros o los beisbolistas, los periodistas gozan de un importante arsenal de adagios y proverbios. Quizá porque se trata de oficios singulares, tributarios del azar y el infortunio. Uno de los principales preceptos que se inculcaba en las salas de redacción de México rezaba así: "Se puede hablar de cualquier cosa excepto del Presidente, del Ejército o de la Virgen de Guadalupe". Tomó muchos años, algunos muertos y trastocar al país, para que la prensa pudiera romper esos tabúes. O casi. La verdad es que hoy no existen temas sacrílegos, sino formas más o menos profesionales de presentarlos, buen o mal gusto, rigor o superficialidad. O eso creíamos. El atentado que sufrió Jesús Blancornelas tiene como propósito hacer que retroceda la agenda e introducir un nuevo tema tabú para los medios de comunicación: el narcotráfico.
     Una especie de censura aplicada a sangre y fuego.
     Todo indica que fue una operación ordenada y ejecutada por narcos para detener los reportajes de investigación que conducía el semanario Zeta, justamente sobre las operaciones de contrabando de droga por parte de la banda de los Arellano Félix y sus relaciones ilícitas con el poder público.
     En los últimos días se ha escuchado una especie de reproche sutil, pero al fin reproche, hacia los trabajos de Zeta. "Blancornelas pecó de imprudencia", "se expuso demasiado".
     Habría que rechazar ese falso sentido común, pues inculpa a la víctima por el delito de estar cumpliendo con su deber. Es explicable, pero no aceptable, esta argumentación, porque cede funciones de la prensa que deben ser irrenunciables si aspiramos a una sociedad democrática. Investigar y denunciar públicamente las fallas que aquejan a la comunidad es una tarea imprescindible en la construcción de una sociedad más sana.
     Y ciertamente, el narcotráfico es un cáncer que amenaza de muerte al cuerpo social.
     Lo que estaba haciendo Blancornelas era un acto de congruencia en una comunidad como Tijuana, donde tantos asuntos de la agenda de seguridad pública, de corrupción y de crimen están vinculados a los delitos de la droga. Tendría que hacerse un periodismo esquizofrénico, desvinculado de la realidad, para dar cuenta de los hechos sin hacer referencia a los factores que los originan.
     Si los Arrellano Félix se salen con la suya, ¿con qué seguridad podría un reportero volver a investigar estos temas? La única salida es una salida hacia delante.
     Hace 20 años, el periodista Don Bolles fue asesinado en Phoenix, Arizona, cuando investigaba crímenes de la mafia. Los asesinos tenían el mismo propósito que los sicarios que atacaron a Blancornelas: detener una investigación periodística y amedrentar a otros reporteros.
     La prensa organizada respondió con lo que hoy se conoce como el Proyecto Arizona, una operación tan espectacular como eficaz, y pasaron muchos años antes de que la mafia volviera a recurrir a la violencia física para detener un reportaje incómodo. (Ver Nuestra responsabilidad internacional, en este número).
     Probablemente disuadir a los narcotraficantes mexicanos sea una tarea más ardua. Lo que no podemos permitirnos es quedar con los brazos cruzados y dejar a los reporteros del semanario Zeta en el difícil dilema de renunciar a sus convicciones y traicionar el ejemplo de su director, o continuar de manera aislada una tarea que puede ser suicida.
     ¿Un proyecto Tijuana?

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