REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

La odisea de un mexicano

El delito de ser indio

En diciembre pasado, el suplemento Masiosare del diario mexicano La Jornada publicó la historia de Luis Zacarías Bonilla, un indígena ñuhu de la Huasteca Alta de Veracruz quien un día de 1990 salió de su pueblo a cortar tunas para vender. Sufrió un accidente y no se supo más de él hasta que apareció en un albergue para indigentes, en el que su desconocimiento del español contribuyó a que le diagnosticaran un “retraso mental moderado”. Así pasó casi nueve años hasta que volvió a su pueblo para contar su historia. La Red pidió a la autora de este reportaje, Daniela Pastrana, que explicara cómo realizó su trabajo.

La idea original, nos dijo, fue de su editor, Arturo Cano, quien supo del caso de Luis Zacarías en una conversación con funcionarios del gobierno del Distrito Federal. Decidieron reconstruir la historia, e iniciaron los contactos con los responsables del albergue en el que estuvo Luis y con organizaciones sociales que trabajan en la Sierra Norte de Veracruz.

Un reto importante, señaló Daniela, fue “el de la lengua, porque no conozco el ñuhu y en algunos momentos hubo preguntas que no me entendían o al contrario, respuestas que yo no terminaba de comprender”.

Otro obstáculo fue “la desconfianza de la comunidad, ya que los ñuhu son reservados con los extraños y no es fácil que acepten siquiera hablar en español. En este caso tuvimos la ayuda de los jesuitas que han trabajado muchos años con los indígenas de la zona”. Los religiosos explicaron las costumbres locales a Daniela y a la fotógrafa Rosaura Pazos y las presentaron ante la comunidad de Chila. Aún así, recuerda la reportera, tuvieron que pasar varias horas para que Minerva, la esposa de Luis, y Cristino, su hijo, se decidieran a participar en la plática. Finalmente lograron romper el formato inicial del encuentro, “con Luis y Minerva sentados en una cama y toda la comunidad pendiente de la entrevista”, y las periodistas pudieron recorrer libremente la comunidad. “El resto fue mucha, mucha paciencia, y la aceptación de que nosotros éramos los extraños y las reglas las ponía la comunidad”.

Antes de ir a Chila, Daniela hizo una investigación previa en los diarios y encontró una breve nota que hacía referencia a la salida de Luis del albergue, y otra más reciente que también mencionaba el caso. Y, al menos por una vez, las autoridades colaboraron con una investigación periodística. El gobierno del DF, señala Daniela, “me dio todas las facilidades para acceder a información sobre los centros de atención social, el expediente de Luis, entrevistas con los funcionarios que participaron en esta historia y el ingreso [al albergue]”.

Además, la reportera utilizó un archivo personal sobre índices de pobreza y marginación con datos del Consejo Nacional de Población y estudios de los indígenas de la Huasteca hechos por el Instituto Nacional Indigenista (ini). También, señala, “fue importante la plática previa con el presidente municipal, Jacobo Teodoro Escamilla, y con el sacerdote jesuita Alfredo Zepeda, quienes me plantearon un panorama de la situación general de la zona”.

A pesar de su exhaustiva investigación, Daniela considera que aún quedan algunos cabos sueltos. Por ejemplo, “no queda claro qué pasó entre que Luis desapareció, en septiembre de 1990, y el 8 de octubre de ese año, cuando su expediente registra que fue presentado ante las autoridades por dormir en la vía pública”. Tampoco hay información sobre el accidente o dónde fue atendido, pero Daniela señala que después de tanto tiempo sería muy difícil localizar al personal que recibió a Luis en ambos lugares. Pero para efectos de este reportaje, explica, “se consideró que estas lagunas tienen su propia aportación a la historia y se dio prioridad a la publicación del resto de la información”.                                                          

Lo más importante, continúa, “es que hay muchas historias como la de Luis, que son desestimadas en las redacciones de los periódicos por los reporteros que hacen nota diaria o por sus jefes”. Este es un ejemplo documentado de miles de situaciones similares, insiste Daniela, y demuestra “el enorme desprecio de la ciudad mestiza hacia los indios” y “cómo se les cobra por adelantado el hecho de no hablar español y tener una concepción distinta del mundo”.

Pero refleja también “la falta de sensibilidad y profesionalismo de los responsables de atender una de las caras más oscuras de la capital, que son los indigentes, los enfermos mentales y los emigrantes pobres de la provincia. Pero hay un elemento adicional, que es la terrible miseria y el abandono en el que viven los indígenas del país, y que provoca que en casos como el de Luis parezca preferible convivir con enfermos mentales que regresar a la pobreza del campo, que es aún peor en el caso de los indios. Esa miseria que los funcionarios del gobierno se niegan a ver y que siguen pichicateando en las cifras, como si no fuera ya motivo de vergüenza hablar de millones de mexicanos en condiciones de marginación extrema”. Inicio 


El delito de ser indio
Por Gabriela Pastrana. Fotos Rosaura Pozos
Adaptado del reportaje publicado en el suplemento
Masiosare del diario La Jornada el 5 de diciembre de 1999.

“Quiero regresar, pero no me dejan”, dice, entre triste y resignado, Luis Zacarías.

En Chila, Veracruz, comienza a lloviznar. Esa ligera lluvia helada que en los últimos dos años ha echado a perder la mayor parte de las cosechas. Una niebla espesa cubre el monte y las figuras se desdibujan a 20 metros.

Luis Zacarías es un hombre sencillo, tímido, nervioso. Tiene cara redonda, labios gruesos y una chamarra blanca deportiva que le regalaron en la ciudad de México. El reloj electrónico en su muñeca izquierda se distingue entre los brazos desnudos de los hombres. Sólo sus manos pequeñas y esa costumbre de mirar para abajo delatan su pertenencia a esta comunidad.

“Aquí no hay nada”, repite en voz baja, y fija la vista en el piso de tierra donde duerme.

Luis Zacarías nunca fue a la escuela, pero sabe contar. Habla una mezcla de otomí y castellano. Cuando ríe, lo hace para adentro, como queriendo tragarse la risa.

Sobrevive del maíz que se produce en esta comunidad enclavada en las montañas de la Sierra Norte de Veracruz, en el municipio que tiene el nada honroso lugar 23 de la lista oficial de la miseria. Su historia sería la misma de los 28 mil indígenas que viven en la región si no fuera porque hace nueve años un conductor anónimo lo arrolló por los rumbos de Teotihuacán, y los médicos que lo atendieron le marcaron la vida.

Chila Enríquez

Chila está a unas dos horas de monte de la cabecera municipal de Texcatepec, municipio destacado entre los paupérrimos del país (ésos en los que “la gente no logra adquirir una canasta básica y tiene más de tres necesidades insatisfechas”, según la definición oficial). Los 5 mil ñuhu que viven en 12 comunidades suman 90% de la población del municipio; según datos oficiales 48% de los mayores de 15 años es analfabeta.

En Chila viven 78 familias ñuhu. Para llegar a esta comunidad hay que caminar por brechas de lodo, que en la última parte del camino se desvanecen y sólo queda bajar por monte.

Las imágenes de este lugar no distan mucho de otras estampas de miseria en el país: niños descalzos, casas de tablas, piso de tierra, techos de zacate y cartón, sin drenaje ni agua potable. Un cuarto sirve de primaria a 51 niños. Para el doctor hay que subir a Texca.

Pese al panorama de miseria pareja, algún misterio de la computadora de la Secretaría de Desarrollo Social determinó que sólo la mitad de las familias recibieran los beneficios del programa estrella del sexenio, el Progresa.

Los hombres se las arreglan para comprar aguardiente, que en Texca está a peso el cuarto. “El alcoholismo es un problema que tenemos en el 80% de los hombres”, informa el presidente municipal, Jacobo Teodoro Escamilla.
Esta es la tierra en la que nació Luis Zacarías hace 36 años.

Todo comenzó por veinte cajas de tunas

En septiembre de 1990, Luis Zacarías bajó a San Martín de las Pirámides, cerca de Teotihuacán, a cortar tunas para vender. Esa labor la repetía cada año en los meses que no hay trabajo en la milpa, y con ella podía ganar hasta 70 pesos si lograba juntar 20 cajas.

Luis Zacarías no regresó.

“Vinieron a dar razón que lo habían atropellado. Los señores que iban con él se asustaron o no supieron qué había pasado. Lo dejaron ahí, como a un perrito”, dice su primo Efrén Mérida Bonilla.

Sus familiares, cuenta Efrén, lo buscaron en vano en los hospitales de Otumba, San Juan y Texcoco. Hasta que lo dieron por muerto. Minerva, su esposa, mujer de grandes ojos, esperó dos años y medio a que Luis regresara. Después volvió a casa de sus padres en Casa Redonda. Cristino iba a cumplir cuatro años.
Los padres de Luis murieron en 1997, sin volver a verlo. “Murieron de pena”, juran las mujeres.

“Retraso mental moderado”

De lo que pasó entre el día que se perdió y el 8 de octubre de 1990, nadie sabe nada. A Luis, las imágenes del accidente se le pierden en la memoria. Cuenta que estuvo en un lugar “donde había un chingo de gente” y de ahí lo llevaron a otra casa, donde por primera vez vio su herida (una larga cicatriz vertical le cruza el vientre). “Otra vez me preguntaron dónde vives, tu familia, yo les decía mi esposa y mi hijo, en todos lados me hacían preguntas”.

Al menos ocho años de la vida de Luis Zacarías estuvieron marcados por las preguntas: largos interrogatorios de psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, dentistas. Las sesiones resultaron en un abultado expediente que no permite reconstruir la historia verdadera, porque Luis Zacarías se volvió un “beneficiario”, un número con “retraso mental moderado”. Aunque con el paso de los años, a medida que Luis aprendía español, los diagnósticos comenzaron a reflejar el “avance”.

Luis fue levantado de la vía pública en algún punto de la delegación Gustavo A. Madero. Agentes judiciales lo presentaron ante el Ministerio Público. Según el registro de medicina legal, Luis llevaba una herida quirúrgica de aproximadamente 20 centímetros, lo que significa que en algún lugar fue operado.

El 9 de octubre de 1990 ingresó al Centro de Protección Social de la delegación, en donde sus examinadores definieron: “Es incoherente y dice palabras que no se le entienden, su diálogo no tiene ilación [sic], no coopera”. El diagnóstico fue contundente: “Retraso mental moderado, no se puede valer por sí mismo”. Nadie más pensó que quizá el problema era más simple: Luis no hablaba español.

 “Lenguaje mal enunciado”

Luis desapareció. Ingresó el 15 de octubre de 1990 a la Casa de Protección de Cuemanco, donde vivió más de ocho años. Su expediente demuestra que desde las primeras valoraciones, Luis señaló su lugar de origen y dio nombres de sus padres, hermanos, esposa e hijo. El reporte de psiquiatría del 19 de octubre de 1990, firmado por el doctor Gamiochipi, indica: Luis “... refiere escasísimos datos personales ‘soy de Chilas... Testla... Veracruz’... comenta ‘quiero ver a mis niños... son uno... Cristino’ “. Continúa: “... su lenguaje es mal enunciado, de entonación característica de zonas indígenas... y en ocasiones hasta me impresiona como si mezclara alguna clase de dialecto...”

Luis era, simplemente, un mexicano que no hablaba castilla, pero nadie quiso averiguar cuál era su “dialecto”. Lo fácil era el fatídico diagnóstico: “Probable retraso superficial”.

Los reportes de años subsiguientes hacían distintas valoraciones, desde “daño cerebral orgánico” hasta “secuelas de alcoholismo crónico”. Pero sobre todo destacaban su buen comportamiento y las dificultades que tenía para comunicarse.

En 1994 los informes empezaron a cambiar. Algunos lo declaran “asintomático”, pero también apuntan que “dice no recordar dónde vive”. Entonces Luis ya trabajaba en labores de limpieza de la cocina y había comenzado a vender cigarros y refrescos al personal, pues contaba con un “pase” que le permitía entrar y salir del centro. En el reporte de psicología del 22 de marzo de 1994 se incluye un dato que no volvió a ser considerado: “habla otomí”.

Para octubre de 1997 se empieza a mencionar que “podría reintegrarse a su lugar de origen”, aunque sigue el diagnóstico de retraso leve y capacidad cognoscitiva disminuida.

Más allá de algunos comentarios aislados, en el expediente no hay registros de que se hubiera intentado localizar a sus familiares.

El reencuentro

La Dirección General de Equidad y Desarrollo del gobierno del Distrito Federal está a cargo de Magdalena Gómez, quien impulsó un proyecto destinado a identificar a los indios que viven en los Centros.

de Asistencia Social (cas), donde hay de todo, como en botica: desde indigentes desahuciados hasta personas como Luis Zacarías, pasando por pacientes esquizofrénicos.

El regreso de Luis Zacarías a su comunidad fue resultado de un programa basado en la serie ¿Qué lengua hablas?, del ini, que cuenta con cintas grabadas con preguntas generales en más de 15 lenguas. Claudia Corona, del área de proyectos indígenas, fue testigo de cómo Luis Zacarías identificó el ñuhu. Con ese dato buscaron a un traductor, Isaac Martínez, quien habló con Luis más de una hora para conocer mejor su situación.

En septiembre de 1998 Claudia Corona se puso en contacto con Alfredo Zepeda, sacerdote jesuita que ha trabajado 19 años con los indígenas de la Sierra, y quien en cuatro meses localizó a la familia de Luis. Así se iniciaron los preparativos para el encuentro.

Luis dice que le preguntaron si quería ver a su familia y él dio su consentimiento.

Efrén Medina, entonces agente municipal, hacía lo suyo en la comunidad. Avisó a Minerva, a su familia, que no se preocuparan “porque su esposo vive y lo vamos a ir a ver. Ella no creía, decía cómo iba a ser si hace nueve años que se perdió”.

El 15 de marzo, Zepeda puso a Efrén y a Camilo, hermano de Luis, en un camión rumbo a México. Llevaban los datos del albergue y unas cartulinas con sus nombres. Ese mismo día, Luis recogió sus cosas –su amigo Arnulfo le regaló una maleta– se despidió de la gente con la que había convivido más de ocho años y se volvió a Chila con Efrén y Camilo.

Radio Huaya, la estación de onda corta que los jesuitas tienen en la región, anunció la llegada de Luis Zacarías. En la cabecera municipal estuvieron los familiares directos y Minerva, acompañada de su padre y de Cristino, quien aún no sabía a qué iba. Al llegar a Chila, toda la comunidad salió a recibirlos. Las mujeres subieron a toparlos en el camino con flores y confeti.

Félix Benito Francisco, el padre de Minerva, anunció con todo su orgullo ñuhu: “Vengo a entregar a mi hija. Gracias a Dios que lo volvimos a ver. No vayan a creer que su esposa se la dimos a otro hombre”.

Y “como si fuera nuevo”, es decir, un matrimonio que comienza, Félix Benito Francisco invitó a todos el chesco de la bienvenida. La mujer era “entregada” de nuevo a “su hombre”, perdido casi nueve años.

El recuerdo de Rosa

Minerva calla mientras los hombres hablan. Sigue a las visitantes con su mirada curiosa y asustada, y se cubre la cara con su rebozo cuando algo la hace reír. Apenas algunos gestos, que dan la señal de que entiende español. Por fin, en un espacio a solas en el cuarto que le sirve de cocina decide platicar.

Cristino, el hijo de Luis, no termina de entender que después de tantos años de muerto ahora resulta que apareció su papá, ni por qué su presencia causa tanto revuelo. “Antes decía ‘no es mi papá, ese viejo es feo’. Ahora ya sabe”, dice Minerva.

En las primeras horas, Cristino se niega a decir palabra en español, pero la tentación de un chocolate rompe por fin su resistencia. Acepta escribir su nombre en una libreta y dice que va en quinto de primaria.

Luis Zacarías pone la música de banda de Radio Huaya y aprovecha para presumir la grabadora que compró en México. Luego platica su versión.

Dice que como es “bueno para chambear”, le dieron trabajo en la cocina del centro, lavando trastes. Luego barría y trapeaba, después vendía refrescos y cigarros a los doctores, que “eran buenos”. Le pagaban 350 pesos a la quincena y podía salir desde las dos de la tarde. Iba a la plaza, los domingos, y a Taxqueña. Dos veces, asegura, se subió al metro, para ir a Chapultepec y al Zócalo.

Y ya encarrerado, confiesa el motivo de su pena: “Estaba Rosa, de la cocina, le dije ‘ven conmigo’, pero dijo ‘no, con quién dejo mis niños?’ ‘Con tu mamá’, le dije yo, pero dijo ‘no, tú no te vas a casar conmigo este año porque tienes esposa e hijo’ “.

Cuando Minerva regresó a Chila, perdió la ayuda de Progresa que le daban en Casa Redonda.

Ahora viven de la ayuda de su familia, en una esquina del cuarto del hermano de Luis. Minerva y Luis duermen en el suelo. Luis añora los juegos de futbol que veía en la televisión de don Arnulfo, su compañero de cama. Y las revistas de vaqueros. También extraña sus zapatos de suela, que tuvo que cambiar por unos de plástico.

¿No querías regresar?

“No. Cuando me fui estaban juntos todos, ella [Minerva], mi mamá, mi papá. Y no sabía qué había pasado con ellos, si seguían. Sí, quería verlos, a mis hermanos, pero no quería regresar”.

En el cas, todos coinciden en que era un hombre noble, muy trabajador, y que era feliz. Juran que se fue triste. “Vino a despedirse llorando y dijo que iba a regresar”, asegura Silvia Morales, directora de rehabilitación.

En Chila, Luis Zacarías encamina a sus visitantes hacia Texca.

Las mujeres le preguntan si ya se va otra vez. “Sí, me voy a México”, dice sonriente. Luego se pone triste: “Mis tíos y mis primos no me dejan”. El peso de la comunidad, pues.

Atrás van quedando los niños de los pies descalzos, las casas de madera y cartón, las cosechas perdidas, los caminos de lodo. Y con ellos, la historia de los “especialistas” que en el df lo creyeron retrasado por no hablar español y lo dejaron en un centro donde viven más de 300 enfermos mentales.

Pero quizá Luis piense que la locura es mejor que la miseria.

En un descanso a mitad del camino, se detiene a mirar el monte, apenas perceptible tras la espesa niebla.

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