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ES MEJOR PERDER LA NOTA QUE LA CREDIBILIDAD
Por Jesús Blancornelas*

Normalmente, las investigaciones periodísticas no terminan siendo buenas noÇticias. Cuando se publican, lo primero que provocan es asombro. Y cuando terminan de leerse a unos se les desploma el corazón y a otros los enoja terriblemente. Pero a la gran mayoría les sorprende el trabajo periodístico y se preguntan "¿cómo le hizo este reportero, quién le ayudó?". Y si nos va bien las opiniones públicas nos favorecen con un "¡Qué buenos reporteros!". Aunque a veces, no faltan opiniones contrarias como "seguramente algún político les pasó todos los datos" o hasta "quién sabe cuánto le pagaron al reportero para publicar eso".

Pero invariablemente la investigación tiene como orígenes desde lo que es ilegal hasta lo engañoso, pasando por la perversidad, la corrupción o la muerte. Naturalmente, el narcotráfico es un tema infaltable.

La investigación periodística en México tuvo un gran empuje y nos contagió a los jóvenes en la década de los años sesentas, cuando Julio Scherer llegó a la dirección del periódico Excélsior de la ciudad de México. Después la aparición de Proceso inspiró a muchos diaristas y reporteros. Y por supuesto con el estruendo mundial que provocó el caso Watergate todos los reporteros jóvenes de aquella época queríamos tener la dicha de lograr las mejores investigaciones.

Enseguida aparecieron dos fenómenos sin precedentes: una oleada de investigaciones que provocaron grandes molestias en el gobierno mexicano y las agresiones a los periodistas con las que respondieron los políticos. Fue y sigue siendo como un juego de pingpong entre el poder y la prensa. Lo lamentable es que la corrupción aumentó y la calidad de la investigación periodística bajó.

Son muy pocos los periódicos, los semanarios o las televisoras que realmente desarrollan trabajos de investigación a fondo. Que tienen fundamentadas sus publicaciones o transmisiones. Que logran las pruebas, que cuentan con testimonios. En una palabra, que van al fondo del asunto, que no ponen límite al tiempo para sus trabajos y que solamente publican cuando tienen todo justificado.

Hace un año me llamó desde México un reportero, quien me preguntó si era cierto que los afamados hermanos Arellano Félix estaban reclutando a jóvenes adinerados de Tijuana para traficar con droga y asesinar. Le dije que ésa era una vieja historia. Que en octubre de 1996 la descubrimos y que muchos de los que dimos por llamar narcojuniors fueron asesinados o estaban prisioneros.

El reportero me dijo que con esos datos le bastaba para hacer un reportaje a fondo. Y yo quedé preguntándome cómo era posible que alguien se atreviera a escribir con base en unos cuantos datos que logró por teléfono sobre algo que no conocía a fondo y que había sucedido un año antes.

También por entonces viajé desde Tijuana a la ciudad de México para asistir a una reunión convocada por el Comité de protección a los periodistas (Committee to Protect Journalists, cpj). Cuando llegué al hotel y empecé a hojear los periódicos, me sorprendí al ver que un diario publicó que yo viajé a la ciudad de México porque la Procuraduría General de la República me citó a declarar sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

La noticia fue transmitida desde Tijuana. Quien lo hizo pudo haber levantado el teléfono y preguntarme si era cierto, pero no lo hizo. Tampoco llamó al subprocurador encargado del caso. No tuvo una fuente ni una confirmación. Pero publicó la nota como si la hubiera investigado.

Precisamente el asesinato de Colosio ha sido manejado con gran irresponsabilidad por la mayoría de los reporteros en sus supuestas investigaciones. Nuestro semanario Zeta organizó una investigación que combinó la enseñanza lograda por los comunicólogos egresados de las universidades y el aprendizaje de nosotros, los empíricos. Para empezar, el caso se dividió en cinco áreas: criminal, política, jurídica, médica y fotográfica. Primero todos los días y después dos veces por semana, desde marzo de 1994, se realizaron reuniones para redondear la información.

Eso nos permitió saber antes que la policía todos los antecedentes del asesino. Durante un mes cuatro reporteros recorrieron diariamente las rutas que siguió el asesino para ir a sus diversos trabajos durante los meses anteriores al día que disparó a la cabeza del candidato presidencial.

Se ordenaron pruebas con peritos para comparar las firmas del asesino en sus solicitudes de trabajo, con lo que escribió al lado de los dibujos donde se presentó a sí mismo como un salvador de México.

Gracias a las fotografías logradas en el momento del crimen fue posible determinar cómo se realizó el movimiento de personas y precisamente un mes después del atentado publicamos que el asesino actuó solo en el lugar de los hechos.

Este trabajo nos permitió asegurar que las personas detenidas como presuntos cómplices del asesino eran inocentes. Y no fue sino hasta pasado un año de nuestra publicación que las autoridades las dejaron libres al no encontrarles delito alguno.

Fuimos los únicos que hasta el momento entrevistamos en prisión al asesino. Nos confesó que disparó en dos ocasiones. Nos dijo que él era el que estuvo en el lugar de los hechos. Le enseñamos una foto de él y lo confirmó. A pesar de eso, la gran mayoría de la prensa mexicana no lo aceptó. Unos insistieron en que había dos Aburtos (Mario Aburto es el nombre del asesino confeso y sentenciado). Otros que hasta cinco.

Tres años después de cometido el crimen, la Subprocuraduría General de la República confirmó nuestras publicaciones: un solo Aburto.

Un año después del asesinato fue detenida otra persona acusada de haber disparado, a pesar de que el asesino original ya había sido sentenciado. Las investigaciones de nuestro equipo demostraron que era inocente, pero el hombre estuvo en prisión un año hasta que lo declararon libre sin cargos.

Una editora y una reportera de nuestro equipo de investigación pasaron meses para determinar, con el auxilio de médicos mexicanos y estadunidenses, que cuatro piquetes de aguja muy bien alineados en uno de los muslos de Colosio no eran, como se pensaba, de alguna droga estimulante. ¿Se imaginan el gran escándalo si el mismo día que descubrimos esos piquetes hubiéramos publicado que eran sospechosos?

Naturalmente habríamos ganado muchos lectores. Pero también naturalmente los hubiéramos perdido cuando se conociera la verdad. Y la verdad fue que una doctora especializada en cardiología aplicó las inyecciones como un último intento por reavivar a la víctima.

Un día, en el camino de las investigaciones, nos encontramos con que el candidato presidencial se había casado antes del matrimonio que vivía al ser asesinado. Teníamos el nombre de su antigua esposa. Supimos y obtuvimos la prueba que importantes personajes firmaron como testigos en aquella boda civil. También obtuvimos el acta de divorcio. Decidimos no publicar nada porque consideramos que mencionarlo en nada ayudaba a solucionar el crimen. Naturalmente antes investigamos los motivos de la separación, los cuales no eran de mayor alcance.

Lo malo es que el periodismo de investigación se ha convertido en algo así como en un deporte para ver quién publica la fantasía que atraiga más lectores. Esa acción provoca otra clase de pingpong, en el que informar sin base tiene como respuesta el desmentido o la fantasía por parte de otro periodista.

Sobre el caso Colosio se han escrito más de veinte libros. Y hay autores que ni conocieron a la víctima ni al victimario ni el lugar donde sucedió la tragedia. A nosotros nos costó tres años de investigaciones y por fin mis compañeros Adela Navarro, Francisco Ortiz Franco, Héctor Javier González y yo escribimos un libro sobre el caso.

Somos de la idea que el trabajo de investigación periodística no es para publicar suposiciones, sino para consignar hechos. Y también de que esas tareas no son privativas de superhombres o supermujeres. Un buen trabajo de investigación tiene sus mejores resultados cuando se hace en equipo y bajo un mando.

En nuestro país el 99% de los mexicanos cree que el ahora expresidente Carlos Salinas, el sistema o los dinosaurios mandaron matar a Colosio. Nosotros pertenecemos a ese 1% que dice lo contrario. Pero la diferencia entre el 99 y el 1% no es numérica; el primero no tiene pruebas, el segundo sí.

Yo pienso que en el periodismo de investigación es preferible perder la nota a perder la credibilidad.

Jesús Blancornelas es director del semanario Zeta, de Tijuana. Este texto fue adaptado de la charla que dio en el I Encuentro en la frontera, organizado por Periodistas de Investigación en Ciudad Juárez.

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