COLUMNA

EL DIFICIL ARTE DE HACER PERIODISMO EN LA FRONTERA
Por Osvaldo Rodríguez Borunda*

     En la zona fronteriza, en donde se amalgaman dos culturas, dos idiomas y muchas maneras de percibir la realidad, aquí donde el primer y el tercer mundo se entrelazan en una extraña y siniestra mezcla, la tarea de hacer periodismo es interesantísima y, sin duda alguna, peligrosa. La búsqueda y difusión de la verdad es siempre estimulante y provechosa, aún cuando no suele resultar grata para quienes se benefician de un estado de cosas caracterizado por los hondos contrastes y la injusticia. Y es un hecho que la frontera es un espacio en el que esas disparidades se muestran con una más pronunciada agudeza.
     Ciudad Juárez ha sido pionera del periodismo independiente de México. La apertura política en la mayoría de los medios del interior del país, es una realidad que nosotros vivimos desde hace 20 años. No como hecho casual ni dádiva de nadie, sino como un derecho arduamente conquistado y defendido merced a las aspiraciones democráticas de una sociedad cada vez más exigente, cada vez mejor informada, cada vez más vigilante.
     Ello constituye un sólido valladar contra los abusos y los excesos de los gobiernos y los grupos de interés. Por eso, los medios suelen resultar incómodos para los factores del poder. Hay una inevitable tensión entre las fuerzas que medran con los desequilibios y las carencias de la sociedad y las que han elegido como vocación la de investigar, documentar y denunciar los desarreglos de la vida colectiva. De ese conflicto surgen algunos de los pasajes más luminosos del acontecer público, pero también algunos de sus episodios más sombríos. De una parte, los avances democráticos, el perfeccionamiento de las instituciones, los triunfos de la opinión pública. Y de la otra, la intolerancia, la censura y el asedio.
     Muchas cosas han cambiado para bien en la frontera. Se viven tiempos de una real competencia política, una mayor libertad de expresión y una más amplia participación popular. Sin embargo, las inercias del pasado no sólo subsisten sino que parecen haber adquirido una mayor complejidad y sofisticación.
     La cultura de la violencia es especialmente perniciosa para los informadores y los formadores de opinión. No hace mucho tiempo, en una declaración excepcionalmente desafortunada, el gobernador de Chihuahua justificó las ejecuciones que hoy son cosa cotidiana en nuestra ciudad, como si se tratara del resultado natural e inevitable de las pugnas de los mercaderes de la droga. El gobierno, según ese orden de ideas, no tiene gran cosa que hacer frente a ese fenómeno: simplemente ocurre y hay que resignarse.
     Hoy, entonces, la idea de la muerte por violencia es un asunto doblemente complicado. Ya no se trata sólo de desaparecer físicamente, sino de sufrir, encima, las sospechas y el desprestigio de una cultura que puede atribuirlo todo a componendas y corruptelas. Se vive, así, en un estado de indefesión. De acuerdo a lo declarado por la máxima autoridad del estado, quien caiga ahora bajo las balas de la barbarie social, automáticamente es sospechoso de tener vínculos con el hampa organizada. A la suspicacia se añade la malicia. Como ése, muchos son los ejemplos del ánimo de descalificación, censura y manipulación que enfrentamos los comunicadores. Y el cambio de régimenes políticos e ideológicos que se ha producido a raíz de la democratización de Chihuahua, no ha sido garantía de mejores tiempos en términos de libertad de expresión. Subsisten las presiones, el acoso y la intolerancia.
     En nuestro estado, los gobiernos surgidos de la oposición no sólo han fallado a la hora de desterrar los vicios del sistema de partido único que implantó el soborno y la represión en contra de los medios. Antes bien, en tan sólo ocho años de gobernar han llegado a consolidar los métodos de coacción periodística que el sistema priísta instauró a lo largo de casi tres cuartos de siglo.
     Hoy surgen nuevas formas de chantaje, de cooptación y de compra de conciencias más complejas, sutiles y perfeccionadas. Muestra de ese clima de incivilidad y de injusticia, el tres de julio de 1991 fue asesinado en esta ciudad el doctor Víctor Manuel Oropeza, articulista de nuestra casa editora y un vehemente defensor de la libertad de expresión y de la democracia. Seis años depués, el artero crimen continúa en la absoluta impunidad, no obstante las reiteradas promesas en contrario de los gobiernos de todo signo.
     Así, la ausencia física de Víctor Manuel Oropeza, su silencio arrancado por fuerza de la violencia, y la desmemoria que quiere borrar su ejemplo, son síntomas del medio y las circunstancias en que nos toca ejercer nuestro oficio. Sin embargo, nosotros no cejaremos en el propósito de exigir justicia. No dejaremos que el olvido cubra para siempre esa infamia.
     Difícil arte, éste de ejercer el periodismo en la frontera. Lleno de peligros, pero también de retos y satisfacciones. Que éstos prevalezcan sobre aquellos, que nuestra labor contribuya en su medida a la consecución de una sociedad más justa y mejor organizada. Ese es el ideal que lo compensa todo.

 *Osvaldo Rodríguez Borunda es presidente del Consejo de Editora Paso del Norte, que publica el Diario de Juárez.

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