COLUMNA

La discutible labor de los periodistas en Kosovo
Por Robert Fisk

La guerra causa extraños efectos en los periodistas. Un colega mío -normalmente reflexivo y racional- se volvió chiflado en los días previos a la guerra del Golfo. Era una guerra moral, exclamaba sin cesar. No intentábamos liberar a Kuwait por su riqueza petrolífera, sino por la obligación de Occidente de enfrentarse a los dictadores. Ser partidario de la paz no era más que contemporizar.

Y cuando los periodistas aparecieron en masa en el Grand Hotel de Pristina, siguiendo al ejército de la OTAN, no era difícil distinguirlos. Algunos llegaron vestidos de militares; otros -incapaces de prescindir de sus experiencias en el Golfo- entraban en el hotel, invadido por las cucarachas, preparados para el desierto, sin darse cuenta de que los Balcanes están cubiertos de árboles y hierba.

Y, por supuesto, también aparecieron los indignados, esos periodistas que habían logrado convencerse de la justicia de la guerra y la perversidad del enemigo. Ya antes del avance de la OTAN, David Chater, de Sky Television -un valeroso periodista que resultó gravemente herido en Croacia al principio de la guerra de Yugoslavia-, nos daba lecciones sobre la razón moral del conflicto; cuando llegó a Djakovica y Pec, por delante de las tropas italianas, anunció que había "una sensación de miedo y un aroma de maldad..."

Veamos: a mí me preocupa siempre un poco la gente que huele la maldad. Es posible palpar el mal y olerse sus horribles consecuencias, pero sospecho que las personas que creen que pueden oler la maldad necesitan unas vacaciones, o que alguien les recuerde que no son sacerdotes. La otra cara de ese afán de moralizar puede ser muy desagradable. En Belgrado, por ejemplo, un periodista de la CNN dejó atónitos a sus colegas después de que la OTAN bombardeó un estrecho puente en el pueblo yugoslavo de Varvarin y mató a docenas de civiles, muchos de ellos ahogados en el río Morava. "Eso les enseñará a no estar en los puentes", rugió.

En sus transmisiones no utilizaba ese tipo de lenguaje, por supuesto; la información de la CNN sobre las muertes en el puente fue acompañada de la observación de que se habían producido bajas civiles "de acuerdo con las autoridades serbias", pese a que el equipo de la cadena había estado allí y había filmado el cuerpo decapitado del sacerdote local. ¿Pero qué importa todo eso, cuando la críptica advertencia de la CNN, indicando que sus propias informaciones procedentes de Belgrado estaban sujetas a "ciertas restricciones", consiguió destruir la credibilidad de sus periodistas?

Todos los chicos de las televisoras tenían un montón de restricciones por parte de los serbios, pero, ¿acaso dejaba la OTAN que los periodistas vagaran por la base de Aviano para entrevistar a los pilotos que regresaban? ¿No existían varias restricciones en nuestras informaciones sobre la OTAN y todos sus mecanismos?

No es que hicieran mucha falta en Bruselas: la mayoría de los periodistas destacados en la sede de la OTAN se mostraron tan pasivos, tan entregados a los generales y oficiales de las fuerzas aéreas, que sus preguntas muy bien las habría podido imprimir la Alianza por adelantado. Hubo excepciones; pero casi todos se dejaron usar como portavoces del ejército, actuaron como borregos que emitían los balidos correspondientes cada vez que la OTAN presumía de los bombardeos y transmitían las debidas excusas cuando esas bombas mataban a civiles.

Cuando los aviones destruyeron un hospital en Surdulica, los corresponsales se dieron por vencidos y dejaron de refutar las declaraciones de Jamie Shea, incluso cuando afirmó -faltando a la verdad- que el hospital era un cuartel. Desafiar a la autoridad forma parte de la labor de un periodista. Y cuestionar a quienes nos representan en tiempos de guerra es un deber, aunque sea difícil, en los regímenes democráticos. Los periodistas serbios, en general, tenían miedo -o eran demasiado serviles- para criticar a Milosevic; pero ello no significaba que nosotros tuviéramos que comportarnos igual.

Entre los periodistas de la OTAN, ni un alma ha intentado poner en tela de juicio las increíbles afirmaciones sobre los éxitos militares de esa organización frente al III Cuerpo del ejército yugoslavo en Kosovo; afirmaciones que han demostrado ser un atajo de mentiras. ¿No hay en todo esto alguna ense–anza? Ni siquiera se ha puesto en duda el lenguaje de la OTAN, que exhumó aquella vieja expresión de la guerra del Golfo, "da–os colaterales", y nadie se ha opuesto al uso de la expresión "campa–as aéreas" para hablar de los bombardeos de la OTAN, como si cientos de MIG-29 estuvieran atacando a nuestros valientes pilotos.

¿Por qué iba a oponerse alguien si las noticias de la guerra -por primera vez en la historia reciente- han ido dirigidas, casi por completo, a un público de prensa sensacionalista? Tal vez Shea citara a Hobbes y Shakespeare, pero lo que dio el tono de su trato con los medios fueron sus petulantes referencias al apagón de las luces de Belgrado y sus comparaciones de Milosevic con Al Capone.

Ha sido una guerra para la gente de la calle y, cuanto más vivas fueran las expresiones de horror de Shea ante las fosas comunes encontradas en Kosovo, más claro parecía estar el conflicto. El mensaje era muy sencillo: la OTAN bombardearía Serbia hasta que la "máquina asesina" de Milosevic terminara su "genocidio" contra los albaneses y permitiera a los refugiados volver a casa.

El hecho de que casi todos los refugiados estuvieran vivos y en sus casas cuando la OTAN inició la guerra, y de que las denuncias de esas fosas fueran una prueba de que la OTAN había fracasado en el intento de proteger a la población por la que presuntamente había emprendido la acción, ha quedado ignorado. Los bombardeos de la OTAN han aportado una especie de paz a Kosovo, pero sólo después de haber dado a los serbios la oportunidad de aniquilar o despojar a la mitad de la población de etnia albanesa en esa provincia; de haber causado da–os por valor de miles de millones de dólares en la infraestructura yugoslava; de haber matado a cientos de civiles yugoslavos, y de haber desestabilizado a Macedonia y perjudicado las relaciones con China.

Y ésta es la guerra que, según los medios de comunicación, ha logrado sus objetivos. Como de costumbre, se sacó a relucir la II Guerra Mundial. Milosevic era similar a Hitler, los serbios eran tan malos como los nazis y los albaneses perseguidos se convirtieron en los judíos de Kosovo. Casi todos los editoriales tenían una argumentación común: no podemos contemporizar con los tiranos de Belgrado. Y ahora ha surgido otro argumento: las fosas comunes prueban que los serbios eran malvados (como cuando Chater olía el mal), y que todo lo que ha hecho la OTAN, incluyendo la matanza de todos esos civiles serbios, está justificado.

Lo que ningún periódico ha recogido es la diferencia fundamental entre el acuerdo de paz que los serbios se negaron a firmar en marzo -que habría permitido que las tropas de la Alianza se movieran con libertad por toda Serbia y habría dado a los albano kosovares una cláusula con la posibilidad de optar por la independencia al cabo de tres años-, y la versión paniaguada que ha puesto fin a la guerra, la cual restringe las actividades de la OTAN a Kosovo y permite que la provincia continúe siendo parte de Serbia. Ningún periodista ha hecho la pregunta obvia: si el mundo hubiera ofrecido eso a los serbios para empezar, ¿es posible que hubieran aceptado? ¿Podríamos haber evitado la guerra?

No obstante, entre los indignados y los corderos, había algunas manos firmes. La cobertura de Sky Television me pareció, con mucho, la más ecuánime. La educada actitud militar de Jeremy Thompson con sus entrevistados consiguió que el asesino serbio Arkan se sintiera incómodo, y Keith Graves -un lobo con piel de lobo- destrozó a la OTAN cuando vio que las tropas que ordenaban el paso de los saqueadores albano kosovares en las calles de Graca eran francesas.

Sin embargo, hay otra historia relacionada con la CNN que aún no se ha explicado. Dos días antes de que la OTAN bombardease la sede de la televisión serbia en Belgrado, la CNN recibió el soplo, desde su cuartel general en Atlanta, de que iban a destruir el edificio. Les dijeron que sacaran sus equipos de los locales inmediatamente, y así lo hicieron. Al día siguiente, el ministro serbio de Información, Aleksander Vucic, recibió por fax una invitación desde Estados Unidos para aparecer en el programa de Larry King en la CNN. Querían que estuviese en directo a las 2:30 de la madrugada del 23 de abril y le pidieron que llegara a la televisión serbia media hora antes con el fin de maquillarse. Por suerte para él, Vucic se retrasó, ya que los misiles de la Alianza cayeron sobre el edificio a las 2:06. El primero estalló en la sala de maquillaje, donde el joven ayudante serbio murió abrasado. La CNN asegura que fue una coincidencia y afirma que el programa de Larry King, que pertenece a la división de programas, no conocía las instrucciones que los responsables de los informativos habían dado a sus hombres de abandonar el edificio de Belgrado. ÁUmmm!

(c)El País Digital. Robert Fisk es corresponsal del diario británico The Independent. Su trabajo ha sido merecedor de varios premios internacionales, incluyendo uno de Amnesty International en 1998. Para mayor información y otros ejemplos de su trabajo puede consultarse en:
http://msanews.mynet.net/Scholars/Fisk/Fisk
Esta columna apareció el 30 de julio en la versión digital del diario español El País, al cual agradecemos la autorización para reproducirla.

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