REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

LA VIDA EN LINEA

Por Amparo Trejo
Adaptado del reportaje publicado el 5 de junio de 1999 en el diario Reforma

¿Respira? Contrátala

"Son trozos de realidades de las maquileras, de las sobrevivientes de la pobreza en la violenta Ciudad Juárez. Aquí en tres años fueron asesinadas 187 mujeres; 20 por ciento de ellas eran obreras de las maquiladoras. A pesar de los riesgos, el flujo no se detiene, todos los días llegan más mujeres que buscan oportunidades, quieren trabajar, ganar dinero, aspiran a una forma diferente de vivir". Así empieza Amparo Trejo su reportaje sobre las mujeres de todas las edades que pasan su vida, o la dejan, en las líneas de montaje que las empresas extranjeras montan a tiro de piedra de la línea fronteriza con Estados Unidos.

Para dar un rostro humano a un tema que se ha cubierto demasiadas veces con el velo de fríos indicadores económicos o con la perversa intimidad de la crónica policiaca, Amparo decidió observar de cerca el trabajo, las alegrías y las miserias de las maquileras de Juárez. Y para lograrlo, se fue a vivir entre ellas: la reportera consiguió un trabajo en una maquiladora de Juárez en la que convivió durante dos semanas con las mujeres que dan vida y voz a este reportaje.

Antes de hacerlo, Amparo había madurado durante tres años la idea de un reportaje de este tipo. Primero pensó en acercarse a la vida de las trabajadoras domésticas, y Raymundo Riva Palacio, quien entonces estaba al frente del área de asuntos especiales de Reforma, le propuso el tema de las mujeres que trabajan en las maquiladoras. Por diversas razones el proyecto se fue aplazando y transformando hasta que se realizó finalmente con el apoyo y la planeación de Rossana Fuentes-Beraín, la actual jefa de Amparo.

Durante ese lapso, explica Amparo a La Red, fue recopilando información y libros. Cuando la idea adquirió su forma definitiva, leyó estudios sobre las condiciones de las mujeres en las maquiladoras, realizó entrevistas con especialistas, reporteros que han trabajado sobre el tema y otras personas que han vivido en Juárez, y aprovechó dos viajes previos a esa ciudad para conocer el terreno.

Uno de los principales retos para la reportera fue su "inexperiencia" en trabajos de esa naturaleza, aunada a los temores de reportear en una ciudad que es compleja y peligrosa. Además estaba el factor tiempo, ya que tuvo sólo dos semanas para realizar el reportaje, aun cuando sabía de antemano que "eran necesarios más días para poder compenetrarme del ambiente y poder conocer mejor a las personas, comprender las situaciones".

Situaciones como la de una mujer de 30 años que llega a Juárez, deambula confundida, primero por la terminal de autobuses y después por las calles, "pregunta una, dos, tres veces, casi arrastra ya su equipaje cuando encuentra un hotel de chinche y cucaracha, el baño, blanco color mugre y las sábanas también". Se trata de la propia Amparo (o "Angélica"), quien la madrugada siguiente buscará trabajo en una de las maquiladoras de la ciudad.

Amparo sabía que para enriquecer su reportaje tendría que involucrarse por completo -de hecho hasta convertirse en parte de la historia-, pero también tuvo que "sopesar muy seriamente si debes de guardar tu identidad como reportera; para mí eso fue un problema, incluso de principios". No es lo mismo leer estudios o entrevistar reporteros, reflexiona, que convivir con las personas de las que trata una historia. "Yo me di cuenta a la hora de enfrentarme a vivir el papel de obrera que nadie me había dado herramientas suficientes, es un acercamiento diferente con la gente".

Por supuesto que "corres el riesgo de involucrarte en la historia", considera Amparo, pero eso "no es tan malo, te ayuda a comprender mejor por qué sucede y a meterte para encontrar explicaciones, para encontrar a la gente". Pero si "te involucras te duele más", advierte, "y tampoco podía dejar de ser reportera. Yo me esforcé mucho por no perder de vista la objetividad para escribir".

Además están el esfuerzo físico y las complicaciones prácticas. Por un lado, recuerda Amparo, se trataba de "correr diez horas persiguiendo sensores de humo a través de la banda de goma, estaba más allá de mis escasas fuerzas". Por el otro, las complicaciones para "hacer apuntes; para mi mente olvidadiza era fundamental, y en la mañana cuando llegaba a trabajar pasaba un buen rato en el baño, apuntando".

Después tuvo que encontrar la mejor manera de escribir para capturar en un reportaje una experiencia que fue más allá del trabajo periodístico y se convirtió en una intensa experiencia humana. En esa tarea le fueron de gran ayuda las conversaciones anteriores con colegas como César Romero y Galo Gómez, quienes habían trabajado temas similares, y la sugerencia de Rossana, quien le propuso que describiera las experiencias de "Angélica" en tercera persona.

El resultado fue un reportaje tan contundente como humano y emotivo, que pone el dedo sobre una llaga que lleva demasiado tiempo abierta. Pero Amparo considera que es necesario trabajar más estos temas, incluyendo "la parte criminal de la historia de las mujeres en Juárez" que "tiene que ver con la inseguridad". Más aún, Amparo desearía explorar más los aspectos sociales y personales de la vida de estas mujeres, independientes y autosuficientes en el aspecto económico, pero que aún no han logrado organizarse para mejorar su calidad de vida de manera significativa.

En todo caso, concluye, "nuestro trabajo como reporteros debe llevar a que la sociedad y las autoridades vean lo que está sucediendo en determinado lugar o sector y hagan algo para que cambie".


¿Respira? Contrátala
Por Amparo Trejo
Adaptado del reportaje publicado el 5 de junio 
de 1999 en el diario Reforma

Es lunes y dos horas después de las 5:30 de la mañana en la que más de 70 personas se arremolinan en la reja de alambre de la maquila Avery de México, las mujeres deben sentarse frente a Celia Arredondo, la enfermera de la empresa, y contestar un interrogatorio que sonroja. ÀTienes vida sexual? ÀUsas anticonceptivos? ÀQué día menstruaste?

Esta especie de rito se repite en las 320 maquilas de Ciudad Juárez, convirtiéndose en paso obligado de las mujeres para ocupar las vacantes disponibles. La información sobre la vida sexual es importante en función de que un embarazo puede obstruir el rendimiento en la empresa.

Juárez es el paraíso del empleo, y en un país que tiene 26 millones 600 mil personas que viven en la pobreza extrema, a cambio de trabajo, nadie se atreve a objetar ese interrogatorio que en cualquier economía desarrollada se consideraría una intrusión en la vida privada.

Pero a pesar de que siempre hay plazas no todas pasan la primera prueba, hay otros requisitos por cubrir. Benita, que tiene 40 años y la piel marchita, tuvo que bajarse los pantalones y enseñar las piernas. Le descubrieron várices. Sin más, en "la clasificación del examinado" de su historia clínica cruzan un recuadro que dice "no es aconsejable que sea empleada".

Las manos cuarteadas y secas son el testimonio de sus anteriores trabajos y de la jornada doméstica con dos hijas. De nada le valió a Benita llegar a las 4:30 horas a la reja de Avery de México. Regresa a su casa; mañana lo intentará en otro lugar.

En la antesala de la empresa hay de todo: un músico ansioso de trabajar, cinco jovencitas que bromean complacidas con otros muchachos vestidos a la dracher, pantalones y playeras muy amplios. Los veracruzanos, a quienes delata su acento, se arremolinan en un rincón, intercambian experiencias de trabajo y de vida. Un estudiante de ingeniería de Zacatecas, que aún no puede revalidar materias en la universidad, se une a ellos.

Casi todos aceptados.

Al día siguiente las mujeres deben pasar por un examen más. En ayunas, les advierten.

Con un cono de papel encerado en la mano, tres mujeres caminan rumbo a los baños a las 6:35 de la mañana.

Primeriza en la maquila, pregunta Angélica: "ÀY para qué es esto?". Viene de Pachuca, una de las ciudades con más alto índice de desempleo en el país.

"Es importante", contesta la enfermera sin detenerse.
"Sí, pero Àpara qué es?"
"Es para saber si estás embarazada", explica.
"Ya le dije ayer que no".
"Lo hacen en todas las maquilas", contesta la mujer, terminante.

Reunidas todas en el adiestramiento que dura ocho horas, Celia Arredondo se incorpora unos minutos después de que concluye la aplicación de la prueba HGC one step. La enfermera llama a "Martha García", que ya tenía sus protectores para los ojos, sus tapones, y comenzaba a sentirse como parte de Avery de México.

En el salón de adiestramiento las mujeres se miran unas a otras en silencio.

"ÀQué pasó?", pregunta Lety, la morena alta cuarentona que por más de 10 años ha recorrido las maquilas. La interrogada guarda silencio y hace un semicírculo en su vientre.

Dos noticias repentinas para Martha: está embarazada y continuará desempleada.

Avery Denisson de México S.A. de C.V. es una de las 320 maquiladoras que operan en Juárez. La mayoría de los dueños de las maquilas son extranjeros: estadounidenses, japoneses, coreanos, alemanes o canadienses, y llegaron a México en busca del abaratamiento de costos de la mano de obra. Las compañías que operaban al otro lado de la frontera hoy están instaladas en territorio juarense y lograron, ciertamente, bajar costos.

En Estados Unidos el salario mínimo es de 5.5 dólares (49.50 pesos) la hora. En seis horas, las empleadas ganan lo que en México una obrera obtiene en una semana de jornadas de nueve horas. La maquila en territorio mexicano paga en promedio 300 pesos semanales.

Los sindicatos son blancos o de plano no existen y, a pesar de que hay solidaridad entre los compañeros, en asuntos laborales cada quien debe defenderse como pueda.

La competencia por ganar personal es diversa. Al estilo americano, han cambiado de aspecto los edificios: se pintan de colores claros, melón, azul, verde, crema, ponen aire acondicionado, áreas verdes, campos de juego.

Algunas maquilas ofrecen 100 pesos adicionales a los nuevos, si llegan acompañados de alguien más; bonos de despensa con valor desde 85 hasta 120 pesos. Compiten también ofreciendo mejores instalaciones en el comedor o con algunas prestaciones adicionales una vez que ha pasado el primer trimestre de empleo.

"Después de seis meses aquí, sí te puedes embarazar", dice en voz baja Lety, en la antesala de Avery de México: "Antes no, porque te corren".

Pocas mujeres, como Liliana, la coordinadora del equipo 204 de esta empresa, ostentan sin problemas su embarazo. Hace siete años que trabaja ahí y ya es parte de estas paredes blancas y de las máquinas azules, ha llegado casi al tope de la jerarquía a que puede aspirar una obrera, y la empresa le pagará sin reparos los 42 días de salario anterior y posterior al nacimiento de su hijo.

Hay un último gancho, el más codiciado de todos: algunas maquilas tramitan la codiciada visa láser a los obreros después de seis meses de trabajo, el sueño que permite cruzar a Estados Unidos.

"Yo voy a estar aquí un tiempo y pienso cruzar, allá ganas más, sólo que necesito una carta de la fábrica que me dan a los seis meses", asegura Miguel Balderas. Ahora trabaja dos turnos: 18 horas corridas.

En Avery el discurso del adiestramiento se centra en la seguridad y en la permanencia. "Aquí utilizar la creatividad es una negligencia. No se puede", asegura el ingeniero Aldo, y reafirma sus aseveraciones con un video de manufactura estadounidense en el que, con toda crudeza, se trata de demostrar lo que los errores humanos en el uso de las máquinas producen manos, dedos y brazos mutilados.

"No debemos dejar que las emociones controlen nuestras acciones", asegura Aldo, categórico. "El 90 por ciento de los accidentes suceden por errores humanos". El mandato es claro: cuídense ustedes mismos.

Al salario se suma un seguro de gastos médicos mayores, un porcentaje de gastos funerarios y un fondo de ahorro. A cambio, los empleados deben dar "disponibilidad, puntualidad y asistencia, calidad y seguridad", como dice la guía que entregan al ingreso.

El horario laboral es de 9 horas, y el de los alimentos indica 15 minutos para el primero y media hora para el segundo, en cualquiera de los turnos. Es el juego mañoso de la vida.

Apenas comienzan la adolescencia, sin haber ido más allá de las aulas de la primaria, y ya dejan en la línea de la ensambladora casi la mitad de su día. Juegan al amor y a la pasión, y algunas antes de cumplir los 15 años ya serán madres.

A las 16:30 de la tarde, la avenida Ramón Rivera Lara parece una preparatoria. Se llena de jóvenes de ambos sexos que abordan desvencijados camiones color blanco tierra con líneas amarillas, se avientan, se toman de la mano. Atrás se quedó Elamex de México y sus cuatro líneas de producción.

Esta planta es una de las más antiguas en Juárez; aquí se arman sensores de humo para Estados Unidos, Canadá y Alemania.

Elamex, poseedora desde hace tiempo ya de la certificación ISO 9000, ha dejado de ser cuidadosa, y entre sus cuatro paredes parece que los pisos brillosos están ahora cuarteados y chipotudos, los baños de mosaicos amarillos desgastados, el comedor y las líneas de goma descarapelada, se quedaron en las glorias del pasado.

Manos juveniles e infantiles trabajan con materiales radiactivos en un cuarto caluroso donde sus dedos, apenas cubiertos con dedales de goma, colocan diodos, componentes electrónicos que emiten radiaciones luminosas.

Felícitas llegó el 19 de abril a esta empresa; no supo escribir "diodo", pero necesita mantener a sus dos hijas de 3 y 4 años.

Es ya una adolescente-vieja de 20 años que conoce cómo evadir las trampas de la contratación: "Yo le puse agua a la muestra de pis y a ver cuándo se dan cuenta". Ni ella misma sabe a ciencia cierta si está embarazada. Pero está contratada.

Sus ojos negros miran con dureza, siempre a la búsqueda de la oportunidad que le dé algo más que la casa que heredó. De su ex esposo sólo dice: "No me da dinero y ya se va a largar, es lo que quiero, que nos deje en paz", insiste, enojada. "Se va a El Paso, aquí tiene dos trabajos pero no quiere darnos dinero".

Comienza empacando cajas al final de la línea dos.

Acostumbrada desde hace seis años a la fábrica, de inmediato intima y platica con las mujeres de 55 años que empaquetan tranquilamente los sensores y ponen etiquetas a las cajas que Felícitas guarda en cajas más grandes. Una de ellas, de ojos azules, alguna vez una belleza, ya tiene el rostro ajado. La otra, de cabellos hirsutos y grandes ojos negros, ya sin dientes, sonríe.

La combinación del ruido aturde: la música, suenan las alarmas agudas de los sensores de humo decenas de veces en el día, el correr rasposo y lento de las cuatro bandas de las prensas retumba en los oídos de los obreros que carecen de protectores.

Felícitas platica ya sin inmutarse, se arregla el cabello oscuro y tieso, lanza una mirada intensa y le sonríe al hombre de bigote, moreno y delgado que está al final de la línea cuatro. Ella aspira a rehacer su vida.

"Ya no contratamos a ningún menor de 18 años porque está prohibido, pero los que contratamos antes ya se quedaron", asegura Carmina, una mujer gorda y dientona que con toda tranquilidad le da una interpretación peculiar a la Ley Federal del Trabajo.

Miriam tiene 16 años y sus manos se ven callosas, gruesas, rasposas, arrugadas, pero lleva las uñas pintadas. Trabaja para esta maquila desde hace seis meses. A pesar de su edad burla la vigilancia para comer chocolates y galletas en horas de trabajo. Más que otra cosa, seguridad intenta detener el tráfico de dulces y paletas entre los niños. No debe comerse en la línea.

Miriam es una niña-adulta: "Vivo con mi novio, pero no se lo vaya a decir a nadie, son muy chismosos aquí, él tiene 18 años. Trabaja doble turno en otra empresa".

Esta vez no bromea como lo hace con el vigilante o con las mujeres ancianas, a quienes a pesar de su edad aquí les dan trabajo. Mientras platica mueve sus manos veloces poniendo silicón a las plantillas de las alarmas de humo o acomodando conductores; tiene un pie plano mal cuidado y los dientes un poco picados de tanto comer dulce. Es la niña consentida de las ancianas.

Le gusta coleccionar las estampas del Rey León, y en su mano tiene pintado el lamento de un niño-hombre de 18 años: "Miriam, que triste es la vida sin alguien que me consuela".

Desde hace rato, la chiquilla de cabello ondulado, que huele a un Paloma Picasso de 25 pesos, se queja de dolor en el vientre.

"Me duele mucho", de repente se suelta a llorar como la chiquilla que es. Miriam está menstruando, pero no sólo eso, está anémica y tiene una gastritis aguda. La enfermera sólo le da una pastilla para quitarle el cólico.

En Elamex, Don Juanito, un juarense de 1.80 metros de estatura, demuestra con su celular en el cinto, los anillos y la cadena de oro que le ha ido bien administrando el comedor de Elamex. "Son 13 cincuenta", según sus cuentas hechas en una computadora estratégicamente oculta tras el mostrador.

El arroz a 1 cincuenta, las sopas 3 cincuenta, los guisados fluctúan entre 6.50 y 8 cincuenta. Un desayuno con cereal y leche, un jugo de naranja y fruta acaba con los 17.50 que da la empresa para dos alimentos al día. Don Juanito no tiene talento de nutriólogo, y la comida es grasosa y apenas dan una cucharada de cada alimento.

"Yo estoy a dieta", dice Felícitas mientras se sienta con unos Chocorroles en la mano, a la 1 de la tarde.

Miriam y Angélica devoran una pieza de pollo y puré, cada una. Es lo que les alcanzó con los 17.50 de este día, y la miran con los ojos bien abiertos. Saben que Felícitas no tiene para la comida y le ofrecen, pero ella lo rechaza.

"Se me antoja tu pollo", le dice Felícitas a Angélica minutos después. "Dame un poquito".

Después de la comida, todas buscan el sol, aunque sea sólo 15 minutos antes de volver a las líneas. Ahí llega la camioneta roja que vende zapatos tenis de 200 pesos y camisetas de 50 en tres abonos.

Sentadas en el cemento o caminando en la banqueta se comen un dulce o se fuman un cigarro; así se pasa la vida y de vuelta a la línea.

La herida en los pliegues del dedo medio de la mano derecha le gotea a Angélica desde hace rato. El contacto con las cajas que van a Alemania, con sensores de humo, empaques blancos y redondos de Elamex, deja una tenue línea de sangre.

Hace tres días que ella llegó a la fábrica. En ese momento tiene seis sensores sobre la línea, y a un lado las cajas, los instructivos, las etiquetas Assambled in Mexico que debe colocar en cada caja de cada sensor.

Al final de la banda negra espera también un empaque de cartón donde debe depositar a su vez doce paquetes con sensores y sellar todo. Hace el trabajo de dos personas en la línea porque ahora no tienen suficiente personal.

Deposita, cierra, coloca etiqueta, corre. Todo el día lo mismo, los pies le punzan, las manos le duelen, la espalda parece que se va a quebrar del dolor.

Mira el reloj anhelante, falta media hora para que concluyan sus 9 horas de jornada laboral. Le gotea la herida, pero con tanto trabajo no puede ir a la enfermería.

Primero la pusieron a probar alarmas, pero el sonido agudo le produjo dolor en los oídos y Rodolfo, el supervisor de línea, la sacó de ahí. Si no, estaría trabajando sentada.

Bueno, al menos los dedos pulgares que tiene morados de tanto presionar conductores sobre las tablillas, ya no los utiliza tanto.

Los sensores se amontonan otra vez, escucha el ruido de las alarmas de los cuatro cuartos de pruebas que hay en la planta, la música de los altavoces... Mira el reloj como buscando apurarlo, son las 4:15 de la tarde. A las 4:30 en punto, desliza el código de barras de su credencial número 65472, que registra su día de trabajo.

Hoy todo ha terminado. Al cruzar la puerta de cristal, la luz del sol le lastima los ojos, camina rumbo al camión sintiendo aún el zumbido de las alarmas en sus oídos y el punzar de sus pies. Mañana otra vez comenzará a las 6:30 horas.

Amparo Trejo es reportera del diario Reforma, de la ciudad de México. ƒsta es la segunda de las tres partes que componen el reportaje, cuya versión íntegra ponemos a disposición de los lectores de La Red.

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