EL ADELANTO

¿QUIEN DIJO QUE EN MEXICO SE ACABO LA ESCLAVITUD?
Por Blanca Juárez

     Actualmente Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Veracruz son el blanco de las miradas curiosas de cientos de reporteros que acuden ávidos de llevarse la nota del día, tratando de hablar con los dirigentes de los movimientos armados de cada región. Sin embargo, no muy lejos de ahí, hay suficientes actos de crueldad e injusticia que en este momento merece-rían igual o mayor atención de la prensa, y más aún de los reporteros de investigación.

     Hace tres años, en mayo de 1994, Gerardo Cabrera, en ese entonces reportero del diario El Economista, inició una investigación en algunos municipios del estado de Puebla, como Xicotepec, Zihuateutla, Tlacuilotepec, Francisco Z. Mena, y Chiconcuautla, donde familias como los Lechuga, Paredes, Esquitín, Hernández y Fosado, utilizan su poder económico y político para explotar, maltratar y privar de su libertad a los indígenas de la región a quienes mantienen trabajando durante más de 12 horas diarias en sus fincas cafetaleras, a cambio de tortillas duras y frijoles agrios, si son peones acasillados; o por un pago de 25 centavos por kilogramo de café cosechado, si son peones temporales.

     Gerardo Cabrera publicó una serie de tres reportajes, en los que narró parte de la forma en la que sobreviven los indígenas de la región cafetalera, en su mayoría nahuas y totonacos.

     Esas fincas y potreros, ubicados a solo 200 kilómetros del Distrito Federal, ocupan una extensión de 2,500 hectáreas, aproximadamente. Según el propio Cabrera, las zonas cafetaleras, enclavadas en la sierra, son poco accesibles, los caminos están en muy malas condiciones y muy angostos, es difícil transitar por ahí para poder llegar a los lugares que funcionan como centros de acopio de la cosecha.

     "Lo más increíble es que a nivel internacional el precio del café es alto, los caciques se están haciendo más ricos de lo que ya son, les pagan muy poquito a los peones y no gastan un peso en servicios. Los trabajadores viven en condiciones infrahumanas, no hay baños, ni agua, y viven hasta cuatro familias en un espacio de dos por dos metros", dice Cabrera.

     En las fincas cafetaleras de la sierra norte de Puebla no importa la edad ni el sexo; hombres, mujeres, niños, jóvenes o ancianos, son sometidos a 12 o más horas diarias de trabajo en zonas húmedas, sin poder abandonarlo ni quejarse porque si lo hacen son golpeados, "acuartillados", marcados o asesinados.

     Cabrera acudió a esa zona en el mes de abril, y la época de cosecha es en septiembre y octubre. "Creo que quien vaya a investigar debe ir durante la pizca de café, aunque también resulta peligroso porque es cuando las guardias blancas andan al acecho y si se enteran de que estás ahí investigando son capaces de desaparecerte, también se debería de poner a esta gente en contacto con organismos de derechos humanos".

     Gerardo explica que abandonó la investigación porque El Economista ya no quiso seguir apoyándolo, en parte por razones económicas y también porque significaba un riesgo para el periódico, pues se trataba de revelar los nexos políticos de los caciques con gobernadores, secretarios de Estado, y muchos otros exfuncionarios públicos y empresarios. En su investigación, Cabrera mencionó nombres como el de Guillermo Jiménez Morales, Mariano Piña Olaya y Martin Josephi, exdirector de Volkswagen de México.

     Para Cabrera, sería importante que se siguiera esta investigación, pero además de hacerla en esta región, se deberían hacer de manera simultánea en varios estados de la república y publicarlas al mismo tiempo en diferentes periódicos de circulación nacional para que tenga el impacto que merece.

     Gerardo considera que en su trabajo quedaron muchas cosas pendientes: la gente continúa en esas condiciones porque no tiene otra opción de trabajo, pues casi todos fueron despojados de sus tierras y ahora "no les queda de otra". Sería interesante saber la forma en la que los caciques obtuvieron esas extensiones de tierra, los asesinatos que se han cometido y de los que nadie ha dicho nada, las marcas que los peones tienen en su cuerpo como consecuencia de las golpizas por rebelión, entre muchas otras cosas.

     La gente tiene miedo de hablar por las represalias, pero también hay quienes ya están cansados de vivir así, y que estarían dispuestos a colaborar con el único deseo de que su situación cambie. El trabajo de Cabrera fue el inicio y desfortunadamente no tuvo el alcance necesario, pero el tema está ahí, esperando a alguien que lo investigue a fondo.

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