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¿OTRA VEZ EL 6 DE JULIO?
Por Norman Navarro, reportero de El Imparcial de Hermosillo

     El 6 de julio de 1988 no se nos olvidará. Mientras en la ciudad de México el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, declaraba que se había caído el sistema de cómputo electoral (y con él el sistema político), en Hermosillo, Sonora, el candidato a alcalde por el PRI, Carlos Robles Loustaunau, mandaba robar las urnas en la colonia Los Naranjos.

     Esa noche los vecinos formaban una hilera interminable en la casilla electoral, instalada en una escuela primaria, por lo que al llegar la hora de cerrar fue imposible hacerlo ya que la ley estipulaba que se debía permitir sufragar a la última persona presente.

     Una orden por radio hizo que un grupo de cadetes del Instituto de Policía de Sonora, al mando del subdirector de la institución René Barranco Zárate, entraran para arrebatar las urnas para presidente, no sin forcejeos con los vecinos que defendían su voluntad electoral.

     El primer zipizape fue tal que los cadetes salieron corriendo. Pero mayor fue su desesperación al ver que traían la urna de Presidente de la República y no la de Presidente Municipal, como les habían ordenado.

     Los vecinos rodearon la escuela y querían seguir votando, pero horas después, bajo la lluvia, vino otra lluvia, ésta de granadas lacrimógenas, toletazos y patadas.

     Terminamos escondidos en una casa de una familia de trabajadores, bajo la regadera con todo y ropa para amortiguar los efectos del gas, que era algo desconocido para ellos y sobre todo para los niños.

     Desde el segundo piso, vimos entre las nubes de gas a los cadetes que se saltaron el cerco de la escuela y sacaron las urnas restantes, para después huir en una camioneta.

     Al mismo tiempo, a lo lejos se escuchaban cristalazos. Confiado, como reportero de 20 años, había estacionado mi automóvil junto a los autos de la policía con la esperanza de que fuera el sitio más seguro e ignorante de que ellos eran los que provocaban la violencia. Novatadas de uno que sigue siendo novato; también mi auto tenía todos los cristales destrozados.

     El Imparcial fue el único periódico que ofreció la información, a pesar de que a dos cuadras de ahí estaba El Sonorense, hoy El Independiente, un diario relacionado con el gobierno del estado.

     Por eso fue fácil para el PRI armar una campaña de desprestigio y asegurar que todo era una mentira del reportero y que los golpeadores eran jóvenes panistas. Pero los vecinos de Los Naranjos sacaron la casta y la cabeza, para gritar que ellos eran testigos de la corrupción y estuvieron a punto de incendiar El Sonorense, por tenerlo tan cerca y tan en contra de los intereses del pueblo.

     El tiempo pasó y los panistas presentaron una grabación de las órdenes que dio por radio Robles Loustaunau. Bautizaron aquella acción como Operación Manitas e interpusieron una demanda.

     Después, de la ciudad de México, vendría el escándalo relacionado con la acusación panista. "¡Caramba!", pensé cuando actuaron contra Robles Loustaunau por presunto fraude electoral, "ahora ya habrá justicia en este país, habrá democracia y seremos libres".

     Menguó mi interés cuando se comentó que todo era un golpe político contra el gobernador Rodolfo Félix Valdés, de parte del que fuera su secretario de Gobierno, Manlio Fabio Beltrones, en venganza por haberlo sacado del puesto. Beltrones era ahijado político de Fernando Gutiérrez Barrios, el inventor de la policía política del país y entonces Secretario de Gobernación.

     Los incautos alabaron al gobierno de Carlos Salinas por actuar contra el fraude electoral del alcalde Robles Loustaunau, pero éste tan solo fue obligado a pedir licencia e irse lejos para que se olvidaran las cosas. Nadie fue castigado.

     Hoy en día la corrupción sigue presente en las elecciones, incluyendo los recursos extraños que llegan a las campañas, y no solamente a las del PRI. Por eso es necesario escrutinar los cheques que llegan a las campañas de los estados desde cuentas de la ciudad de México para que no sean rastreados, así como los autos, aviones y edificios que utilizan los partidos, o los empleados que en ocasiones reciben sueldos de oficinas públicas.

     Es necesario también analizar las leyes electorales para saber en qué cambiaron, y revisar las listas de los comités electorales, poniendo especial atención en las casillas que el partido oficial considera peligrosas o perdidas.

     Puede parecer exagerado buscar esta información, y es posible que no se publique en su totalidad, pero esa relación de personas, funcionarios y empresas nos puede servir en un futuro, cuando el candidato haya ocupado el puesto y tenga que favorecer a ciertos grupos para corresponder al apoyo económico que recibió en las elecciones. Eso también es corrupción electoral.

     Mientras más se vigilen las elecciones, cuanto más se llame a la población a auxiliar en esa vigilancia, más rápido se cortarán los tentáculos de la corrupción y la democracia será más segura.

     Porque la corrupción en México es un monstruo de 90 millones de cabezas, ya que todos los ciudadanos del país violan la Constitución pero se quejan de que el resto también lo hace.

     Todos queremos infringir la ley, los reglamentos, la decencia, pero queremos que los demás los respeten. Desde el inocente ciudadano que se cuela en la fila de la tortillería o que le suelta veinte pesos al agente de tránsito, hasta las cuentas millonarias en dólares de Raúl Salinas de Gortari.

     Todos somos culpables y tenemos que limpiar el país desde nuestra casa, nuestra colonia, nuestra ciudad y nuestro estado. Debemos empezar por barrer nuestro pedacito, como dice el maestro Abelardo Casanova, viejo lobo de mar en estas tintas.

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