COLUMNA

LOS MEDIOS (CASI) LLEGAN A LA MAYORÍA DE EDAD
Por Denise Dresser*

     A medida que se acercan las elecciones del 6 de julio, una prensa cada vez más independiente y combativa está contribuyendo a erosionar el autoritarismo y, más que en cualquier otro momento de su historia, se está transformando en un verdadero "cuarto poder".

     En el pasado, el gobierno mexicano lograba silenciar a una gran parte de los medios mediante simples actos de soborno. Muchos periodistas estaban en las nóminas oficiales y se esperaba que actuaran como propagandistas del régimen. En años recientes, sin embargo, la independencia financiera de los medios ha propiciado una nueva era de periodismo crítico.

     Esta revolución en los medios es conducida por un cuerpo de periodistas más interesados en dar a conocer la información que en apoyar al Partido Revolucionario Institucional (PRI). La prensa escrita encabeza un proceso simultáneo de profesionalización y modernización, mientras que la transición política del país también ha obligado a la televisión a asumir actitudes más democráticas.

     Antes, el monopolio que constituía Televisa funcionaba de hecho como una empresa de relaciones públicas al servicio del gobierno mexicano, y su propietario, Emilio Azcárraga, se jactaba de ser "un soldado del PRI".

     Y si durante el proceso electoral de 1988 los candidatos de la oposición fueron prácticamente invisibles en la pantalla chica, hoy en día tanto la competencia por el público como las exigencias del Instituto Federal Electoral (IFE) obligan a las cadenas de televisión privadas a ofrecer una cobertura más incluyente y equitativa.

     Sin embargo, los medios modernos y plurales de México aún coexisten con los métodos tradicionales de coerción y control. La visibilidad de una revista tan crítica como Proceso da cierta protección a sus reporteros, pero los diarios menos poderosos que se publican en provincia son reprimidos de manera rutinaria.

     La radio se está transformando en un medio más plural, y aún así un comentarista político tan respetado como Lorenzo Meyer fue despedido por criticar al presidente Ernesto Zedillo.

     Y no habían transcurrido veinte minutos del debate televisado entre los candidatos del PRI y del Partido de la Revolución Democrática (PRD) al gobierno de la ciudad de México, cuando las principales cadenas interrumpieron la transmisión al resto del país. El gobierno, preocupado porque un mal desempeño del candidato priísta afectara de manera negativa al voto para su partido a nivel nacional, limitó la transmisión a la capital del país.

     El gobierno todavía tiene la capacidad para intimidar, cooptar y chantajear a los medios, pero con menor éxito y a mayor costo que antes. Pero lo que resulta más preocupante que la censura oficial es la autocensura que siguen practicando los medios. La prensa mexicana en ocasiones parece atrapada en una sorda lucha entre los intereses empresariales y políticos y la responsabilidad periodística. Con frecuencia la orden de bajarle de tono a una nota o de no tocar algún tema proviene de la dirección de la televisora o del diario, y no de algún dinosaurio del PRI.

     Por ejemplo, es probable que las alabanzas que TV Azteca hace al presidente Zedillo se deban a que el propietario de la cadena ha sido acusado de participar en negocios turbios con Raúl Salinas de Gortari. Por su parte La Jornada es fiel a su línea de izquierda, y no publica una sola palabra crítica sobre la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas. Las normas de objetividad empiezan a extenderse, pero los intereses partidistas siguen prevaleciendo.

     Algunos defectos que aquejan a los medios en su actual proceso de maduración son un legado de décadas de dominio priísta. Muchos reporteros jóvenes y agresivos no saben cómo actuar en un contexto de mayor apertura política, cómo obtener información de diversas fuentes o cómo leer e interpretar una encuesta de opinión. Y en ocasiones, en lugar de hacer una investigación seria y sistemática, caen en la tentación de reproducir acusaciones tan escandalosas como carentes de pruebas. En lugar de buscar las voces de la gente, recurren a los intelectuales y analistas para que "expliquen" los dilemas de esta difícil transición.

     La cobertura tiende a las personalidades más que a los partidos, al sensacionalismo más que a la evidencia, a las disputas entre los candidatos más que a sus propuestas concretas. Muchos periodistas fueron entrenados para leer entre líneas y tratar de interpretar las maniobras de políticos priístas opacos e inescrutables, por lo que ahora tienen dificultades para desempeñarse en un contexto político más abierto y complejo.

     La estrepitosa caída de la familia Salinas ha dado a los medios mucha tela de donde cortar, pero la obsesión con ese clan ha resultado ser una espada de doble filo. Al concentrarse casi exclusivamente en los Salinas, los reporteros y columnistas con frecuencia descuidan otros temas más profundos.

     Los medios parecen haber perdido de vista los intereses y las preocupaciones de los mexicanos comunes y corrientes, lo que se refleja en la pobre circulación de los diarios y en el hecho de que menos del 30% de los habitantes de la ciudad de México siguieron por televisión el debate entre los candidatos a jefe de gobierno. Si los medios se siguen concentrando en las descalificaciones y los pleitos entre la élite, lo único que lograrán será alimentar el cinismo ciudadano respecto a los procesos políticos.

     Lo que sucede, quizás, es que tal como el resto del país los medios están en un proceso de aprendizaje. Los periodistas están constribuyendo a construir el andamiaje de la democracia, y al mismo tiempo tratando de entender el nuevo contexto y las nuevas herramientas de su oficio. Quizás por ello, los errores de los medios tan solo reflejan la inmadurez de un sistema político en plena transición.

     Los periodistas mexicanos no tienen que convertirse en luchadores sociales, politólogos o fuerzas morales. Pero sí tienen la responsabilidad de hacerse más profesionales.


*Denise Dresser es profesora-investigadora  del ITAM y columnista de los diarios Reforma y Los Angeles Times.

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