ARTÍCULOS

Plagas en los reportajes
Por Marcelo Beraba*

La principal lacra de nuestro periodismo es la imprecisión. Sus raíces están entreveradas –más que en los errores finales de edición, más que en los desvíos éticos, más que en la expansión del marketing– en la esencia misma del periodismo: en la indagación y en los reportajes.

Este texto pretende provocar algunas reflexiones sobre la mane-ra como estamos haciendo nuestros reportajes y pensar en caminos que nos ayuden a que las noticias que escribimos sean más confia-bles para nuestros lectores. Son reflexiones reunidas a partir de la ex-periencia de un reportero que en los últimos trece años ha tenido va-rios cargos de dirección, casi siempre ligados a las áreas de reportajes especiales y a los programas de perfeccionamiento profesional.

Cuando pienso en el desarrollo de los reportajes, pienso también en las plagas que impiden que aumente su calidad. Plagas como el uso acrítico de declaraciones, la falta de persistencia en los asuntos de interés, la falta de independencia de los periódicos, la dificultad que tienen las redacciones para hacerse autocrítica, el uso abusivo del teléfono, la pereza, el inmediatismo, la falta de planeación y or-ganización (que se reflejan en la presión desordenada a la hora del cierre)... ¿qué mas?

Podríamos hacer una extensa lista de los problemas que afectan la calidad de nuestras indagaciones y, por lo tanto, de los reportajes. Voy a limitarme, sin embargo, sólo a dos puntos que dependen ex-clusivamente de nosotros, los periodistas y empresas periodísticas. Primero, la principal desviación del periodismo investigativo, el denun-cismo. Así se convino en llamar a este fenómeno que en los últimos diez años frecuentemente aparece en las redacciones y las deja ciegas y sin rumbo.

El otro punto en realidad son dos y tienen relación con esa des-viación: la falta de preparación de los periodistas y la organización inadecuada y obsoleta de las redacciones.

Los periodistas brasileños despertaron tarde para los reportajes de investigación. Durante las décadas de los setentas y ochentas, cuando se inició el ciclo actual de modernización de las empresas periodísticas, los periódicos y periodistas tenían poco espacio para la investigación, principalmente de las acciones y políticas gubernamen-tales. Este ciclo de modernización estaba inspirado en el modelo estadunidense, pero por muy diversas razones no copiamos lo mejor del periodismo estadunidense de aquellos días, el periodismo de investigación.

Vale la pena recordar que la explosión del periodismo crítico e investigativo en los Estados Unidos ocurrió en el mismo periodo en el que Brasil vivía los peores momentos del régimen militar. Los dos marcos de referencia de este periodismo están en la década de los setentas. Los documentos del Pentágono, publicados inicialmente por el New York Times y después por el Washigton Post, son de 1971. Y las investigaciones de la irrupción a la sede del Partido Demócrata en el edificio Watergate las inició el mismo Post en junio de 1972, y terminaron con la renuncia del presidente Richard Nixon en agosto de 1974.

Sendas crónicas de esas coberturas –el libro Todos los hombres del Presidente, de los reporteros Bob Woodward e Carl Bernstein (editado en 1974) y la película sobre Watergate (1976)– influyeron en va-rias generaciones de periodistas. Sin embargo, el patrón de trabajo periodístico que mostraban no podía ser adoptado por una prensa con censura previa, como la brasileña.

Como nuestra cobertura política estaba completamente controlada, y la economía vivía la euforia de un periodismo "positivo" preo-cupado en retratar el milagro que vivíamos en Brasil, quedaban dos campos de trabajo para los buenos reportajes: la cobertura urbana (policía, obras, transporte, educación, salud, medio ambiente) y la cobertura nacional, que seguía los mismos asuntos pero fuera del eje Rio-Sao Paulo-Brasilia (y ahí aumentaba el menú de temas: los in-dios, la recién llegada ecología, la Amazonia, la apertura de grandes carreteras, el Nordeste). El núcleo realmente fuerte de los periódicos era el reportaje general.

Aquel periodismo, aún con todas sus limitaciones, tenía una virtud que se ha perdido: la especialización. Todas las redacciones te-nían reporteros que conocían y cubrían muy bien las áreas estratégicas de las ciudades que entonces se transformaban rápidamente, como Río de Janeiro y Sao Paulo: transportes, obras públicas, abasteci-miento de agua, medio ambiente, educación, salud. Fue acertado aca-bar con la cobertura por "sectores", ya que todos los periódicos te-nían batallones de reporteros ociosos y burocratizados dispersos en hospitales, delegaciones y oficinas públicas, pero eso también acabó con la especialización. Nuestro primer esfuerzo colectivo y generali-zado de investigación ocurrió a partir de las bombas y actos de terro-rismo que marcaron el inicio de la transición del régimen militar hacia la democracia, a principios de la década de los 80. El mayor de los atentados fue el de Riocentro, en 1981.

La explosión de denuncias políticas en la prensa ocurrió por primera vez durante el gobierno de Fernando Collor de Mello, en 1992, cuando ya estaba siendo investigado por el Congreso. Vale la pena recordar la relación de los periódicos con Collor para entender mejor lo que aconteció en el año del impeachment. Prácticamente todos los periódicos apoyaron a Collor en 1989 en la disputa contra Luiz Inácio Lula da Silva por la Presidencia. Este apoyo ocurrió explícitamente por parte de la sección editorial de los diarios, e implícitamente en la cobertura periodística. Pocos periódicos estaban dispuestos a investigar las vidas de los candidatos de aquella primera elección presidencial directa desde 1960.

El proceso de impeachment de Collor no fue desencadenado por ningún reportaje, sino por una entrevista de la revista Veja con el hermano del presidente. Hasta entonces, pocos reportajes realmente relevantes habían sido hechos por periódicos o revistas investigando al gobierno de Collor y a su entorno. A partir de la instalación de la Comisión Parlamentaria de Investigación (cpi) y del debilitamiento del presidente, y estimulados por un clima de creciente competencia empresarial, los mismos periódicos y revistas que habían apoyado a Collor, incluso de forma servil, encontraron el valor para publicar reportajes con denuncias.

El caso Collor fue un hito para el periodismo brasileño por tres razones. En primer lugar, porque los lectores identificaron a los pe-riódicos y a los semanarios como el principal instrumento para cuestionar un gobierno inmoral. Esta sintonía con una sociedad nuevamente frustrada por el juego político trajo para los periódicos y revistas simpatía y credibilidad, tal como aconteciera en 1984 durante la campaña de las Diretas Já.

El segundo indicador de importancia en el caso Collor fue que algunos periodistas percibieron claramente los límites de su trabajo. ¿Cuáles son las armas de los periodistas en este tipo de investigación? Registros de propiedad, juntas comerciales, informaciones off the re-cord de antiguos aliados transformados en enemigos, bancos de datos, informaciones anónimas. Son instrumentos indispensables, pero con frecuencia insuficientes para conseguir pruebas definitivas de actos criminales, principalmente de corrupción.

El juego cambió cuando el cpi inició sus actividades. Fue como si durante una guerra convencional una de las partes recibiera ayuda de una potencia nuclear dispuesta a usar sus ojivas sobre el enemigo. La ruptura de los secretos bancario, telefónico o fiscal es prerrogativa del Poder Judicial y de la cpi (y afortunadamente inaccesible para la prensa), y equivale al uso simultáneo de varias bombas atómicas. Así, la prensa y la sociedad tenían entonces lo que hizo falta en 1981 durante las investigaciones de Riocentro y otros atentados.

La tercera razón que marca la importancia del caso Collor en la historia de la prensa brasileña son los abusos cometidos por periódicos y revistas. Dependientes de la cpi, de donde realmente salían las informaciones relevantes, los periodistas sucumbían frecuentemente al juego de intereses de esos parlamentarios. El ansia por obtener re-velaciones exclusivas dejó de lado a los procedimientos de control indispensables en cualquier reportaje.

Muchos periódicos intentaron ir más allá de las noticias origina-das en la cpi y enviaron a sus tropas de choque a hacer investigacio-nes paralelas. Se hicieron numerosos reportajes importantes al margen de la Comisión y siguiendo las normas periodísticas. Sin embargo, lo que predominó fueron los reportajes mal investigados, incompletos, incomprensibles y, muchas veces, superficiales. Todo se valía en la carrera por la competencia y la hora de cierre.

Los reportajes de denuncia no siempre son reportajes de investigación, en el sentido de partir de una indagación independiente, se-ria y crítica. Muchas veces se trata tan solo de la publicación tal cual de expedientes anónimos y de declaraciones parciales. Durante la época del Collorgate cualquier reportaje era calificado de investigativo. ¿Por qué?

El periodo del impeachment coincidió con la necesidad de ganar credibilidad por parte de varios periódicos que ya habían iniciado su proceso de modernización (industrial, comercial, tecnológica, editorial). Esos periódicos pensaron que la ruta más corta era la denuncia que los haría parecer independientes y valientes. Así, los reportajes de denuncia se hicieron fundamentales para sus nuevos planes de merca-dotecnia; se juntaron el hambre y las ganas de comer. El ímpetu denun-cista se repitió el año siguiente, con la cobertura de la cpi del Presu-puesto que investigó la corrupción dentro del propio Congreso.

(cont. pág. 7)

La competencia por la exclusiva relajó los procedimientos de control y afectó la calidad. Los periódicos no se daban tiempo para hacer indagaciones cuidadosas por miedo a perder el liderazgo en la cobertura, liderazgo que presumían sería asumido por el periódico que diera más exclusivas sensacionalistas y no por el que impusiera un patrón de calidad a sus información.

Claro que visto así, lejos de las presiones del cierre y de la competencia, todo ello parece sencillo y obvio. No lo fue, no lo es y difícilmente lo será. Ya había ocurrido antes, ocurrió con el Collorgate y ha ocurrido varias veces desde entonces. El resultado de esas desviaciones es el desperdicio de grandes asuntos mal cubiertos, y no me refiero tan solo al caso Collor y a la pérdida de credibilidad sino también a la absolución de criminales por falta de pruebas ya que, tal como la prensa, la policía y el Ministerio Público indagan mal y con frecuencia se basan en reportes mal investigados.

Con la moda del denuncismo hubo una saludable reacción de la sociedad. Los mismos lectores que pedían sangre y cabezas empe-zaron a reaccionar. Las empresas también percibieron los riesgos que corrían con su imagen dañada. Era necesario repensar las es-trategias. La suma de varios factores hizo que la prensa en general disminuyera la avalancha rutinaria de denuncias y avanzara en la creación de nuevos patrones de calidad.

Los periódicos continúan divididos entre la necesidad vital de mostrarse independientes para obtener credibilidad y el vicio pertinaz de servir a sus propios intereses, lo que acaba determinando la manera en que se relacionan con el poder y ejercitan el periodismo. Dicho en forma caricturesca: en tanto Collor era fuerte, nada de in-vestigaciones o denuncias. Cuando se debilitó y no era posible ya encubrir sus delitos, toda la investigación era sobre él.

Es posible que estemos viendo la misma película, ahora con Fer-nando Henrique Cardoso. Terminó la luna de miel del primer periodo presidencial, y en el primer trimestre del segundo mandato de Fernando Henrique se publicaron más reportajes críticos que en los cuatro años anteriores.

Denuncismo o silencio. Este dilema es tan falso como recurren-te. Los periódicos deben responder las acusaciones de que son frívolos, superficiales, sensacionalistas e irresponsables con reportajes contundentes, serios, importantes para el país y que no puedan ser refutados por estar bien fundamentados. Las necesidades de una prác-tica de indagación sólida enfrentan dos hechos. En primer lugar, existen pocos profesionales con las condiciones técnicas y la formación adecuada para hacer reportajes de investigación tales que puedan ser contestados pero no desmentidos. Ése es uno de nuestros gran-des problemas actuales: la falta de experiencia, de preparación y de conocimientos técnicos. Una evaluación cuidadosa de los reportajes que publicamos en los periódicos, especialmente la cobertura de todos los días, indica claramente que la mano de obra que formamos en la redacciones sigue siendo irregular y llena de fallas.

Es obvia la necesidad de invertir en la preparación de los perio-distas, tanto de los que salen de las facultades sin grandes vicios pero mal preparados como de aquellos que durante diez o doce años de experiencia han adquirido vicios que pueden y deben ser extirpados con programas de actualización.

El segundo hecho es que la forma en que administramos los re-cursos de las redacciones castiga al reportaje, a la recopilación de información exclusiva, a la investigación. Los grandes cambios em-presariales experimentados por los periódicos en las dos últimas décadas sobrecargaron los procesos de cierre, cada vez más presionados y complejos. Eso dio como resultado una distribución des-proporcionada del personal.

Cada vez más periodistas, inclusive algunos inexpertos pero que podrían ser buenos reporteros, son utilizados para las tareas del cierre y se descuida lo que en algunos periódicos llamamos producción: los adelantos, la indagación, la investigación, el reporteo, la orien-tación de los reporteros. Cada vez que un gobernador promete que va a transferir a las calles a los policías dedicados a funciones burocráticas para aumentar la vigilancia, pienso en los periódicos. El lu-gar del reportero es la calle.

Las redacciones están enfrentando estos problemas con programas de entrenamiento y actualización y con nuevas experiencias de organización del trabajo y de la administración. Los grandes periódicos, principalmente Globo y Folha de Sao Paulo, encabezan este proceso. La gran novedad es que decenas de periódicos medianos han descubierto que esta es una vía –tal vez la única– para mejorar.

Y es que los periódicos no tienen otra opción. La competencia –entre ellos mismos y entre ellos y otros medios que se disputan a los mismos consumidores y a las mismas tajadas de publicidad– los obli-ga a invertir en informaciones exclusivas, credibilidad, buenas historias. Y esto no tiene secreto: sólo se consigue con buenos periodistas.

Marcelo Beraba es jefe de la oficina del diario Folha de Sao Paulo en Rio de Janeiro.

[Correo]  [Inicio]  [Arriba]   [Atras]