ARTÍCULOS

De Watergate a Monicagate
Por Steve Weinberg*

De vez en cuando aparece un libro en el que un periodista se coloca en el centro del asunto que está investigando y comparte con los lectores sus técnicas de investigación, sus decisiones éticas y su proceso general de pensamiento.

Hace 25 años, Bob Woodward y Carl Bernstein prácticamente inventaron un nuevo género de libros cuando escribieron All the President’s Men (Todos los hombres del presidente). Por supuesto que antes otros periodistas de investigación habían relatado sus trabajos, pero casi siempre como una parte menor de libros de memorias por lo general poco significativos. Y digo poco significativos porque los periodistas son, después de todo, observadores externos quienes pocas veces saben algo de primera mano y con frecuencia son engañados por sus fuentes.

Entonces apareció el binomio del Washington Post, colocándose sin modestia en el centro de una historia de corrupción política que llegó hasta la Casa Blanca de Richard Nixon.

Durante 1999 Michael Isikoff, quien trabajara para el Washington Post antes de ser reportero en la revista Newsweek, retomó el género inventado por Woodward y Bernstein con su relato en primera persona sobre otra investigación que llegó hasta la Casa Blanca. Técnicamente el tema del libro de Isikoff –que se llama Uncovering Clinton (Descubriendo a Clinton) pero que podría haberse llamado Todas las mujeres del Presidente– es el carácter o más bien la falta de carácter del mandatario estadunidense. Pero el libro también es sobre el mismo tema que Los hombres del presidente: un proyecto de investigación a medida que se desarrolla en direcciones inesperadas con el reportero como protagonista. Por ello el subtítulo, La historia de un reportero, no es ambiguo.

Los periodistas que hagan una lectura cuidadosa de Isikoff, Woodward y Bernstein y otros autores de libros similares pueden aprender mucho sobre la práctica del periodismo. Uncovering Clinton, Los hombres del Presidente y otros relatos menos conocidos que forman parte del género son, sin quererlo, libros de texto.

Las lecciones sobre las relaciones de los periodistas con sus fuentes son especialmente notables en los libros de Isiskoff y de Woodward y Bernstein debido a lo mucho que estaba en juego. Pasaron 25 años entre ambos relatos, pero las lecciones sobre el desarrollo de fuentes, el seguimiento de las pistas de papel y la lucha con los dilemas éticos son atemporales.

Por ejemplo Isikoff, al explicar sus tácticas para tratar de obtener las grabaciones de las conversaciones entre Linda Tripp y Monica Lewinsky, escribe: "Es la forma en la que operan los reporteros. Amenazamos, lambisconeamos, fingimos compasión".

El libro incluye muchos momentos en los que Isikoff aparece preocupado por los sentimientos de sus fuentes. Esa preocupación, sin embargo, con frecuencia es un medio para alcanzar un fin legítimo. Después de todo, muchas de esas fuentes son mujeres que parecen haber sufrido abusos de parte de un poderoso hombre llamado Bill Clinton.

En Todos los hombres del Presidente, Bob Woodward inicia los engaños muy pronto, justo después de la primera comparecencia de los ladrones del edificio Watergate ante la corte. Al tratar de saber más sobre el ladrón James McCord, Woodward entra en contacto con un conocido de éste llamado Harlan A. Westrell. Woodward deduce muy pronto que Westrell aún no sabe del arresto de McCord, asi que cuando le extraña que un reportero del Washington Post le haga preguntas, Woodward dice "simplemente que estaba buscando información para un posible reportaje. Westrell pareció halagado y ofreció alguna información..."

A medida que se desarrolla el escándalo, Woodward y Bernstein desean entrevistar a las fuentes en los hogares de éstas. "Siempre se identificaban de inmediato como reporteros del Washington Post, pero la manera de hacerlo que siempre parecía funcionar mejor no era del todo directa. ‘Un amigo del comité nos dijo que usted estaba preocupado por algunas de las cosas que vio suceder, que sería bueno hablar con usted...que usted es absolutamente honesto y que no sabe bien qué hacer; nosotros entendemos el problema, usted cree en el Presidente y no quiere hacer nada que parezca desleal’. Woodward podía decir que estaba registrado como Republicano; Bernstein podía esgrimir una sincera antipatía hacia las políticas de ambos partidos".

Para obtener exclusivas es necesario saber seguir las pistas de documentos y cultivar las fuentes humanas. Cuando Isikoff está corroborando la versión de Paula Jones, entrevista a uno de sus abogados. Cualquier evidencia de otra mujer que protestara por los intentos de seducción de Clinton sería bienvenida, dice Isikoff. El abogado recuerda de pronto una llamada telefónica que recibió de una mujer quien no se identificó relacionada con un presunto hostigamiento sexual relacionado con Clinton. Al día siguiente el abogado recupera sus notas para darlas a Isikoff. Lo que revelan esas notas conduce a Isikoff a una pista de papel que muchos reporteros no hubieran sabido seguir.

Esto es parte de lo que dijo la anónima mujer: Ella y su esposo ayudaron a recaudar fondos para Clinton en 1992. Después ella trabajó en la Casa Blanca, primero como voluntaria en la oficina social y después como asistente secretarial en la oficina legal de la Casa Blanca. En noviembre de 1993, dijo la mujer, su matrimonio estaba en problemas y habló con Clinton sobre un empleo permanente. Durante esa visita en la Casa Blanca Clinton besó a la mujer y la tocó sin su consentimiento en lugares inapropiados. Al día siguiente, dijo la mujer, su esposo se suicidó. Ella mencionó referencias a su muerte en algo llamado Guarino Report (Informe Guarino) y en otra publicación llamada The Clinton Chronicles (Crónicas de Clinton). Antes de colgar, la mujer dijo al abogado de Jones que, gracias a sus contactos, en 1995 había viajado a Yakarta y a Copenague como parte de la delegación del Departamento de Estado.

La mujer no volvió a llamar, y el abogado de Jones no había tratado de localizarla. Isikoff decidió empezar con el Guarino Report, publicado por un empresario de Arkansas interesado en teorías de conspiraciones que involucren a Clinton. Sin saber donde encontrar la publicación, Isikoff llama a un amigo periodista quien estaba trabajando en un reportaje para la revista semanal del New York Times sobre personas que odian a Clinton. El periodista tiene un número del Guarino Report, y se lo envía a Isikoff. Incluye una lista de 56 personas que han muerto supuestamente por obra de Clinton, y la número 20 es Ed Wiley. Los detalles de su muerte coinciden con la letanía hecha por la mujer anónima en su llamada.

Isikoff recurre al Federal Staff Directory (Directorio de empleados federales), un anuario de referencia publicado por una empresa privada, y encuentra el nombre de Kathleen Wiley en la edición de 1994. En pocos minutos el departamento de documentación de Newsweek localiza la dirección y el teléfono de Wiley en una base de datos pública.

Mediante registros públicos de la Casa Blanca, Isikoff descubre que Wiley había enviado una corbata a Clinton como regalo el 3 de mayo de 1993; le escribió una nota de condolencias después de la muerte de Vince Foster; lo llamó para desearle feliz cumpleaños; le sugirió que vacacionara en Vail, Colorado, porque ella estaría allí, y le envió una novela que le había gustado. Isikoff también encuentra una nota de Clinton a uno de sus colaboradores en la que solicita el número telefónico de Willey en Vail. Más tarde, Isikoff utiliza los documentos de Lloyd Bentsen, que fueron donados a la Biblioteca Johnson en Austin, Texas, para verificar que el otrora Secretario del Tesoro esperaba afuera de la oficina de Clinton cuando salió Willey, tal como ésta lo había dicho.

Hablando de pistas de papel, Isikoff las utiliza inteligentemente en otro momento de su investigación al verificar la influencia política del padrino político de Lewinsky. Se trataba de un importante contribuyente financiero del Partido Demócrata, quien supuestamente había bombardeado a Hillary Clinton con regalos. Isikoff solicita documentos de la oficina de ética del gobierno estadunidense (us Office of Government Ethics). Se supone que los altos funcionarios del poder ejecutivo deben informar a esa agencia si reciben regalos con valor de cien dólares o más. Isikoff encuentra numerosas formas, pero ninguna relacionada con Hillary Clinton. Descubre que los Clinton habían recurrido a un tecnicismo relacionado con los cónyuges de los funcionarios. "La opinión de los abogados de la Casa Blanca era que tales regalos no tienen nada que ver con el hecho de que esté casada con el Presidente de Estados Unidos".

Todos los hombres del Presidente también está lleno de sugerencias útiles para reportear. En cuanto Bernstein descubre que el sospechoso robo había ocurrido en el edificio Watergate, empieza a llamar al tipo de fuentes potenciales que los reporteros ignoran con demasiada frecuencia: las personas sin cargos importantes, empleados, botones de hoteles, mujeres que trabajan en el área de limpieza, meseros de un restaurant.

Por su parte Woodward, en lugar de quedarse en la oficina, va a la corte para asistir a la audiencia preliminar y, en lugar de solo escuchar los procedimientos, le pregunta a un hombre elegante por qué está en ese lugar. El hombre responde de manera evasiva pero Woodward insiste. Las respuestas que obtiene finalmente contribuyen al desarrollo de la historia. Cuando el caso llega ante un gran jurado la perseverancia personal de Woodward lo lleva hasta un empleado de la corte quien le permite echar un vistazo a los expedientes del gran jurado para ese año. Y en efecto, ahí están los nombres del gran jurado del caso Watergate.

El empleado había dicho a Woodward que no podía tomar notas, y lo observa de cerca. Así que Woodward empieza a memorizar los nombres. Se disculpa para ir al sanitario, en donde apunta la información que retiene en la memoria antes de regresar al archivo para seguir memorizando los nombres hasta tener los veintitrés.

Durante sus investigaciones Isikoff, Woodward y Bernstein enfrentaron diversos dilemas éticos nuevos para ellos. Los de Isikoff giran principalmente en torno a una pregunta frecuente: dónde está el límite al investigar la vida privada de un personaje público. Cuando Linda Tripp le habla a Isikoff sobre lo que parecen ser actos sexuales voluntarios entre Lewinsky y Clinton, el periodista tiene una reacción ambigua respecto a seguir esa pista. Finalmente Isikoff concluye que las constantes indiscreciones de Clinton deben ser expuestas dado que ocurrieron en la Casa Blanca, y en ocasiones cuando el presidente tenía que tomar decisiones importantes. Más aún, sus acciones obligaron a "mentiras rutinarias, repetidas y pensadas... La mentira, si se practica con frecuencia, puede tener un efecto corrosivo".

Entre más averigua Isikoff, más se convence de que es necesario revelar el comportamiento sexual de Clinton. "Esto no era Watergate, ni yo imaginaba que lo sería. Pero eso no significa que no fuera correcto emprender el proyecto. No se debe permitir que los Presidentes engañen al público. Clinton lo hizo de manera repetida y desfachatada".

Bernstein, en Los hombres del Presidente, reflexiona sobre cuestiones éticas cuando trata de identificar llamadas telefónicas privadas utilizando sus fuentes al interior de la compañía de comunicaciones Bell. "Siempre era reticente a usarlas para obtener información sobre llamadas debido a las consideraciones éticas relacionadas con la violación de la confidencialidad de los registros telefónicos de una persona. Es un problema que nunca terminó de resolver. ¿Por qué, como reportero, podía tener acceso a los registros personales y financieros cuando tales revelaciones lo indignarían si él fuera sometido a un escrutinio similar por parte de otros investigadores?".

Las lecciones valiosas que se derivan de Uncovering Clinton y Los hombres del Presidente llenan muchas páginas. Los otros libros de este género no son bien conocidos y pocos combinan un tema tan importante con tanto material instructivo. Pero vale la pena leerlos todos.


*Steve Weinberg es Editor del ire Journal, publicación bimestral de Investigative Reporters and Editors, en la que se publicó este texto.

[Correo]  [Inicio]  [Arriba]   [Atras]