REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

HISTORIA DEL CAFECITO:UN REPORTAJE DE INMERSIÓN
Dan Mihalopoulos

EL LARGO Y PELIGROSO VIAJE A CASA

¿Qué hace un joven reportero estadunidense cuando descubre una línea de autobuses que se especializa en llevar a trabajadores indocumentados desde el corazón de Estados Unidos hasta sus ciudades y pueblos en Guanajuato, Jalisco o Zacatecas? "Pues nada", dice Dan Mihalopoulos, con ese castellano fluido que grita a voces que fue aprendido en España. "Convences a tu jefe, te compras un boleto y te subes con ellos al autobús".

Dan es un viejo conocido y amigo de Periodistas de Investigación que trabaja ahora para el diario PostDispatch de la ciudad de Saint Louis, Missouri. Entre sus intereses está el de entender la vida, el trabajo y las pequeñas miserias y alegrías del creciente número de mexicanos indocumentados que habitan en la zona. En este caso, Dan decidió hacer lo que llama un reportaje de inmersión a través de Juan Mondragón, un trabajador inmigrante apodado el Cafecito y cuya historia personal es espejo de las de tantos otros miles de ilegales.

Además de narrar lo que vio en el viaje de autobús de casi tres mil kilómetros en el que acompañó a Juan, Dan describió las condiciones en las que viven y trabajan los indocumentados de Saint Louis, y cómo pueden ahorrar el dinero que se ha convertido en el último recurso para la supervivencia de las familias que se quedan en México. También compartió por algunos días la vida de Juan y su familia en su pueblo de Jalisco, en un afán por entender qué lleva a tantos mexicanos y mexicanas a arriesgarlo todo por la ilusión de encontrar un empleo en el norte.

La Red pidió al autor del reportaje que reproducimos que hablara sobre cómo se gestó la idea, los obstáculos que se presentaron y las sugerencias para los colegas que quieran retomar el tema. 

Esto fue lo que nos dijo Dan. La idea para este reportaje surgió cuando compraba galletas

marías y un refresco sidral en una tienda mexicana de Saint Louis. Normalmente yo escribo sobre política local y economía. Sin embargo en ocasiones anteriores, cuando mis jefes han necesitado un reportero hispanoparlante, me han enviado a Chile y a la República Dominicana para hacer reportajes específicos.

Por eso aquella vez en la tienda, cuando vi un anuncio de un servicio de autobuses que ofrecía viajes a México, dije a mis jefes que quería hacer un reportaje sobre esto y sobre la vida de los pasajeros de los camiones.

Para empezar volví un par de veces a la tienda para ver cuántos mexicanos de la zona aprovechan esas "salidas directas a México". Cada vez encontré a unas treinta personas listas para tomar el autobús, y me explicaron que se trata de trabajadores migratorios quienes suelen ir a México antes de Navidad y regresan a Saint Louis en primavera para volver a sus empleos. Algunos trabajan en los puestos tradicionales de los indocumentados como la agricultura.

Pero la gran mayoría de los que viven en Saint Louis y sus alrededores se dedican a trabajos en restaurantes u hoteles, es decir, el sector de servicios. 

Decidimos encontrar un pasaj e ro en particular y quedarnos con esta persona hasta el fin de su camino. Nuestra intención era hacer un reportaje completo con un ejemplo que reflejara el tema de los trabajadores migratorios en Saint Louis. La dueña de la tienda me ayudó a alcanzar esta meta. "Escribe sobre  nosotros, Dan", me dijo, "porque la gente (es decir, los gringos) ni sabe que existimos. Pero ya verás que vamos a llenar Saint Louis con latinos".

Cuando hablamos del tema de los autobuses encontramos un cliente de la tienda, el Cafecito del reportaje, quien quería comprar un billete para ir a Mexico el siguiente sábado y ver a su familia. Conversamos un poco en la tienda y acordamos hacer una serie de entrevistas en su casa a lo largo de una semana.

En cualquier trabajo de periodismo de inmersión resulta sumamente necesario –y sumamente difícil– saber lo más posible sobre el tema del reportaje y sus protagonistas. Hay que entender su mentalidad, su forma de pensar y de tomar decisiones, así como sus opiniones. Y, en efecto, lo más difícil de este reportaje fue ganarme la confianza del Cafecito.

Afortunadamente, Juan Mondragón es una persona muy amable, si bien exagerado según algunos que lo conocen. Pero como muchos indocumentados, tiene miedo de cualquier figura de autoridad.

Yo tuve que convencerle de que soy un reportero que nada tiene que ver con "aquellos periodistas que creen lo que dicen los ricos, los políticos y los sinvergüenzas de las delegaciones policiacas". Le dije que quería saber cómo es su vida y contarlo a los lectores. Es decir, que quería conocer la pura verdad callejera y no la supuesta"verdad" según los poderes políticos, jurídicos, etcétera.

Estuve con Mondragón y sus compañeros de departamento varias veces en los días antes del viaje para el reportaje. Después, en mi reportaje, intenté explicar cómo es la vida de un inmigrante mexicano en Saint Louis. También estuvimos juntos en el autobús que lo llevó hasta su pueblo de San Julián, Jalisco. Como podrán imaginar tuvimos mucho tiempo para conversar más sobre su vida tanto en Estados Unidos como en México.

Finalmente estuve en los Altos de Jalisco durante varios días, junto con Juan y su familia. Entendí que la vida en el rancho tiene muchos aspectos buenos, pero también me di cuenta de que los habitantes de San Julián no podrían ni comer bien sin el dinero enviado por los indocumentados que trabajan –y sufren bastante– en Estados Unidos.

Un reportero que quiera escribir sobre los indocumentados obviamente tiene que respetar su situación ilegal, y dejar de lado cualquier detalle que puede servir para ayudar a la m i g r a (las autoridades migratorias de Estados Unidos). Antes de publicar este reportaje, mi editor y yo leímos una crónica publicada recientemente el Raleigh News and Observer, un diario de Carolina del Norte. El texto describía la vida de un indocumentado e incluía el nombre de la tienda donde trabajaba. Poco después la migra lo arrestó junto con otros compañeros indocumentados, y las autoridades confirmaron que la clave para las detenciones fue el reportaje del Raleigh News and O b s e r v e r. Nosotros excluimos los detalles sobre el trabajo y el d e p a rtamento donde viven los indocumentados, y aseguramos a todas las personas que entrevistamos que nunca daría esa información a nadie.

Muchos colegas han hecho reportajes sobre indocumentados tanto en la zona fronteriza como en las ciudades estadunidenses en las que trabajan, pero aún queda por hacerse una infinidad de crónicas. 

Por ejemplo, la población indocumentada está aumentando en muchas regiones en la que hasta hace poco era prácticamente desconocida, como el llamado medioeste de Estados Unidos. Yo, por mi parte, sigo trabajando estos temas. ¿Cuáles, específicamente? Lo sabrán cuando publique mis reportajes...


EL LARGO Y PELIGROSO VIAJE A CASA

Por Dan Mihalopoulos

ADAPTADO DEL REPORTAJE PUBLICADO EL 17 DE ENERO DE 1999, CON AUTORIZACIÓN, DERECHOS RESERVADOS, ST. LOUIS POST DISPATCH, 1999. FOTOGRAFÍAS DE JIM FORBES.

Son cerca de las nueve de la noche de un sábado pocos días antes de Navidad, y el estacionamiento de un pequeño centro comercial cercano al aeropuerto internacional de Saint Louis se está transformando en una activa terminal internacional de autobuses. 

El trabajador migratorio Juan Mondragón tiene un boleto de 155 dólares para abordar uno de los dos autobuses que hacen el viaje directo desde la tienda de abarrotes El Caporal, situada en el barrio Woodson Terrace, hasta México.

Mondragón pasará las próximas dos noches en un autobús para poder visitar a su mujer e hijos por primera vez en casi dos años. 

A algunos de los cerca de 30 pasaje ros que lo acompañan en el autobús les esperan viajes aún más largos para llegar a sus hogares en los pueblos de las montañas del centro de México. La mayoría de los pasajeros, incluyendo a Juan, pretende regresar a Saint Louis en la primavera para trabajar.

La empresa Autobuses Regiomontanos Campa, con oficinas en Chicago y en Monterrey, añadió la escala en Saint Louis hace unos siete meses. Ahora cada sábado por la noche los autobuses de la compañía se detienen en El Caporal antes de seguir su ruta desde Milwaukee hasta más de doce ciudades del norte y el centro de México. 

Cerca de una hora después de salir de El Caporal, los dos autobuses hacen su primera parada en un restaurant Burger King. Después de comer una hamburguesa con papas fritas, Juan se asegura de tirar su basura en el cesto.

"La primera vez que fui a un lugar de éstos dejé mi basura en la mesa", recuerda. "Eso es lo que hacemos en México, y las meseras se encargan de ella. Yo no sabía que aquí es diferente, hasta la segunda vez cuando me lo explicó un amigo. La primera vez la gente me miraba feo y quizás decía algo, pero no lo sé, era en inglés".

La siguiente pausa llega a las tres de la madrugada. Una mujer que trabaja sola en la caja de una gasolinería de Pryor, Oklahoma, se niega a abrir los sanitarios para que los usen los mexicanos que llenan ambos autobuses. Los pasajeros que habían seleccionado dulces, bolsas de papas fritas y botellas de refrescos los vuelven a dejar sobre el mostrador frente a la mujer y regresan en silencio hacia los autobuses.

"Esto sucede a veces", dice Elías, el conductor del autobús quien luce un bigote a lo Pancho Villa. "Esa mujer es mala". Otra tienda en el otro extremo de la ciudad es más complaciente, y al amanecer el autobús entra a toda velocidad a Texas. Dormir no es fácil. Los vapores del escape entran al autobús a través de los hoyos de la cinta aislante usada para sujetar las tablas del piso. Cuando la carretera atraviesa una zona ganadera y sale el sol, la corriente que sube desde el pasillo central se hace incómodamente tibia.

En un restaurant de tacos a la orilla de la carretera en San Antonio, Juan y los otros pasajeros discuten sobre si deben o no recoger sus bandejas y servilletas usadas una vez que terminen de comer. 

Una mirada a las otras mesas resuelve la polémica. "Los dueños son mexicanos", dice Juan encogiéndose de hombros. La basura se queda sobre las mesas.

CRUZANDO LA FRONTERA

Hacia el atardecer el autobús se acerca a la frontera. Al mirar el puente que conecta a Laredo, Texas, con Nuevo Laredo, México, no es difícil adivinar cuál lado es mexicano y cuál estadunidense. 

Los carriles hacia Estados Unidos están obstruidos por el tráfico que ocupa todo el puente y continúa por un cuarto de milla hacia México. Los agentes estadunidenses inspeccionan los vehículos y utilizan espejos sujetos en el extremo de un bastón para asegurarse que ningún auto lleve contrabando en la parte inferior.

Juan tiene miedo de que las autoridades mexicanas revisen sus tres bolsas de ropa. Al llevar paquetes tan grandes se incrementa el riesgo de ser molestado por las autoridades fronterizas. Los agentes mexicanos están mal pagados y complementan sus ingresos extorsionando a los tra bajadores indocumentados que regresan con dinero en efectivo para sus familias.

En un precario puesto fronterizo a la orilla del Río Bravo, los agentes mexicanos son atentos, incluso corteses. La verdadera corrupción no se presenta hasta que el autobús llega al "kilómetro 26", un puesto de revisión aduanal que se encuentra en la carretera a unas 15 millas de la frontera.

Antes de que el autobús llegue al puesto de revisión, el conductor Elías camina por el pasillo para recoger las tarjetas de identificación chuecas –o falsas– que le entregan los migrantes indocumentados.

Juan entrega dos documentos falsos: una tarjeta de extranjero con residencia permanente en Estados Unidos y una tarjeta del sistema de seguridad social. Ambas le costaron cerca de 130 dólares en Saint Louis, y las mostraba a sus patrones cada vez que obtenía un empleo en Estados Unidos.

Juan explica que de esa manera sus empleadores podían decir "no sabíamos que era ilegal, nos mostró sus papeles" en caso de una redada del gobierno estadunidense. "Mi esposa me enviará (los documentos) por correo a Estados Unidos para que los guardias fronterizos no me los quiten si me atrapan al regresar. Los volveré a encontrar en Saint Louis, si Dios quiere".

Elías dice que él recoge los documentos por si los agentes mexicanos  catean a los pasajeros. "Si encuentran estas tarjetas", explica, "entonces podrían preguntar por qué las tienen siendo ciudadanos mexicanos, y exigirían un soborno mayor".

Elías tiene un plan para abreviar el proceso de soborno, conocido en México como la mordida . Propone que cada pasajero del autobús aporte diez o veinte dólares, dependiendo de cuánto dinero lleven con ellos. De esa manera, argumenta, los pasajeros pueden evitar que los agentes revisen sus pertenencias y exijan sobornos aún mayores con cualquier excusa que se les ocurra.

Un solo agente aduanal sube al autobús. Con las luces interiores apagadas, revisa rápidamente los documentos que cada pasajero coloca bajo el haz de su linterna. 

Tan solo Sergio, un migrante de cabello largo que trabajaba en Warrenton, es obligado a bajar del autobús para entrar en un pequeño cuarto. Minutos después, cuando se le permite regresar al autobús, dice que los agentes le exigieron 40 dólares. Dijo que no los tenía, pero ellos sabían que estaba mintiendo. Le dijeron que si no les entregaba los 40 dólares lo catearían. "Así que les di los 40 dólares", dice.

Una vez que Sergio vuelve a bordo, el autobús parte sin que los agentes mexicanos hayan inspeccionado una sola pieza de equipaje. Juan está feliz, y la razón se hace evidente cuando muestra un secreto que lleva bajo la ropa. Tras desabotonar la camisa a cuadros azules y blancos que se puso en Saint Louis, Juan sujeta un sobre que lleva sujeto a una cruz que cuelga de su cuello. El sobre contiene cinco mil dólares en efectivo.

"Dios es grande", dice Juan. Para el lunes, temprano por la mañana del tercer día de viaje, el autobús asciende a más de ocho mil pies de altitud por la carretera entre Monterrey y Zacatecas. Cae la nieve y hace demasiado frío para dormir bien. Un autobús más, el tercero al que sube Juan durante su viaje, lo lleva a la ciudad industrial de León.

La última comida que probará Juan antes de su primer platillo casero en casi dos años es la de un restaurant McDonald´s en la ciudad de León. Al terminar de comer decide tirar su basura. "Esto es México", dice, "pero McDonald´s conserva las costumbres de Estados Unidos".

Lo único que falta del viaje de Juan a casa es un recorrido de dos horas en un autobús de tercera clase que lo lleva a San Julián, el pueblo del estado de Jalisco en el que su mujer e hijos viven del salario que ganó en Saint Louis.

El autobús llega a San Julián a las 5:24 pm. Es lunes, el tercer día de viaje. Un lugareño lleva a Juan, junto con su equipaje, en la parte trasera de su camioneta tipo pickup. Hace 44 horas y 1,700 millas que Juan salió de Saint Louis.

Ahora tiene tres meses para visitar a su familia y prepararse para el regreso a Estados Unidos. Sabe que el viaje de vuelta y en especial escabullirse a través de la frontera con un pollero será mucho más difícil que el viaje a casa en autobús. 

(POR RAZONES DE ESPACIO, REPRODUCIMOS TAN SOLO EL FRAGMENTO DEL REPORTAJE QUE DESCRIBE EL VIAJE EN AUTOBÚS HASTA MÉXICO. LOS LECTORES INTERESADOS EN EL TEXTO COMPLETO, EN INGLÉS, PUEDEN SOLICITARLO A LA RED).

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