REPORTAJE DE INVESTIGACIÓN

  Hurgando en la história
Martha Mendoza*   Fotos: AP

Fotos: APEn el verano de 1950, durante las primeras semanas de la guerra de Corea, fuerzas militares estadunidenses abrieron fuego contra un grupo de refugiados sudcoreanos en un lugar llamado No Gun Ri, asesinando a cientos de hombres, mujeres y niños.

Lo que sucedió después fue igualmente indignante: nada.

Al parecer ningún militar estadunidense reportó las muertes. Nadie las investigó. A medida que pasaron los años los historiadores no conocieron lo ocurrido. Los coreanos sobrevi-vientes dijeron que cuando trataron de presentar una demanda se toparon con rechazos y negaciones.

Ese pudo ser el final del asunto. Pero hace algunos años, a medida que el clima político en Co-rea del Sur se hacía más libre, un puñado de sobrevivientes deci-dió presentar su caso una vez más y enviaron solicitudes a la embajada de Estados Unidos. En agosto de 1997 presenta-ron una demanda de compensación ante el gobierno de Corea del Sur.

En abril de 1998 Sang-hun Choe, un re-portero de la agencia Associated Press (ap) en Seúl, conoció las denuncias de los coreanos y escribió una nota al respecto.

Las fuerzas armadas de Estados Unidos dijeron en su res-puesta oficial que no había evidencia de que la Primera División de Caballería, a la cual los sobrevivientes culpan del ataque, hubiera estado siquiera en la zona de No Gun Ri durante los días del incidente.

Rastreando la verdad

En las oficinas de ap en Nueva York el editor internacional asociado Kevin Noblet y mi jefe Bob Port, editor del equipo de asuntos especiales, pensaron que sería relativamente fácil corroborar la respuesta de los militares estadunidenses. En efecto, fue fácil, y esa respuesta no encajaba.

Randy Herschaft, un investigador de la ap, descubrió rápidamente que las divisiones 1a de Caballería y 25a de Infantería sí habían estado en la zona de No Gun Ri en julio de 1950.

Port envió a Herschaft a los Archivos Nacionales de Estados Unidos en Colle-ge Park, Maryland, para ave-riguar lo que pudiera sobre las actividades de esas divisiones.

Los Archivos tienen normas que restringen el acceso y el manejo de los documentos históricos, por lo que el trabajo resultó tedioso y largo. La investigación de la guerra de Corea resulta doblemente difícil porque los documentos desclasificados [es decir, a los que se retira la clasificación de secretos; nota del editor] de esos días están dispersos y la oficina no tiene a un especialista en la guerra de Corea.

Pero Herschaft, cuya gentileza oculta su tenacidad como investigador, regresó a Nueva York al cabo de unos días con un tesoro en fo-tocopias. Su hallazgo más sorprendente fue que algunos comandantes estadunidenses ordenaron a sus unidades que se batían en retirada que dispararan contra los civiles sudcoreanos como defensa contra soldados enemigos disfrazados.

La historia estaba tomando forma.

Fotos: APEn Seúl Choe –con el apoyo del jefe de la corresponsalía Reid G. Miller, veterano de la guerra de Corea, y el editor de noticias Paul Shin– había avanzado mucho en su exhaustiva investigación. Hizo una cronología de las balaceras con ba-se en las entrevistas a sobrevivien-tes y parientes de las víctimas y con materiales históricos para dar contexto a la historia.

Herschaft y yo regresamos a los Archivos nacionales para seguir hurgando en cientos de cajas de re-gistros históricos, diarios de gue-rra, bitácoras de comunicaciones y otros documentos incluyendo algu-nos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos ya que los sobrevivientes dijeron que la matanza se inició con las ráfagas disparadas por avio-nes estadunidenses.

En la sala de lectura de los Archivos me adentré en los registros históricos en los que los soldados morían, el enemigo avanzaba y las provisiones se agotaban. Algu-nas notas escritas a mano, en las que se pedía ayuda ur-gente, caían de las carpetas sobre mi regazo y me recor-daban dónde estaba.

Identificación de las posiciones militares estadunidenses

Regresamos a Nueva York con centenares de copias de documentos desclasificados que incluían incontables anotaciones y coordenadas de mapas con las posiciones de las unidades militares.

En los Archivos Nacionales y en la Biblioteca Pública de Nueva York obtuvimos mapas topográficos producidos por el Ejército estadunidense en los años cincuenta, y empecé a recrear los movimientos de tropas para identificar a las unidades que pudieran haberse encontrado con los refugiados.

Las paredes de nuestra oficina de asuntos especiales pronto quedaron cubiertas con grandes mapas salpicados de notas autoadheribles; cada uno de ellos representaba un día de fines de julio de 1950 a medida que yo seguía los movimientos de las unidades estadunidenses.

No sabíamos si los sobrevivientes coreanos estaban diciendo la verdad. Pero estábamos más seguros que nunca de que los militares estadunidenses se equivocaban al afirmar que la Primera División de Caballería no había estado cerca de No Gun Ri. Eso bastó para que yo siguiera escudriñando los mapas durante varias semanas.

En mayo de 1988 el corresponsal especial de ap Charles J. Hanley se unió al proyecto, y trajo consigo la perspectiva de un veterano de la guerra de Vietnam quien ha trabajado como perio-dista durante 30 años y ha cubierto conflictos en todo el mundo.

Hicimos un buen equipo en el que se combinaron la reflexión y la cuidada redacción de Hanley, mi agresividad y mi curiosidad insaciable, el ingenio y la aguda mirada de Herschaft y el gran profesionalismo de Choe.

Los que estábamos en Nueva York no habíamos conocido en persona a nuestro colega de Seúl, pero trabajamos de manera muy eficiente mediante teleconferencias, correo electrónico, faxes y en-víos de paquetería.

Nuestro trabajo cartográfico finalmente dio resultados. Produ-jimos una lista de unos cuantos batallones del Ejército estaduni-dense que estaban cerca de No Gun Ri hace medio siglo.

Herschaft apeló a la ley de libertad de información (Freedom of Information Act, foia) para obtener del Ejército las listas de personal y los informes matutinos de esas unidades, en los que aparecía la localización geográfica de las compañías. Viajó a la dependencia don-de se conservan los registros de personal (National Personnel Records Center) en la ciudad de Sant Louis y volvió con numerosos registros sacados de microfilm. Algunos de ellos apenas se podían leer.

Localización y entrevistas con los testigos

Herschaft y yo iniciamos el largo proceso para localizar a los vete-ranos de guerra y utilizamos una variedad de recursos, incluyendo bases de datos para encontrar personas tales como AutoTrack, cdb Infotek y Merlin. La base de datos de bajas de la guerra de Corea, que aparece en el sitio de internet del Proyecto de la Guerra de Corea (Korean War Project, www.kwp.org) nos ayudó a eliminar de la lista a quienes habían muerto en combate, mientras que el re-gistro de defunciones de la oficina de Seguridad Social nos permitió eliminar a otros.

A medida que se acumulaban los nombres y números telefónicos, Hanley y yo empezamos a hacer las llamadas, telefonazos en frío a viejos veteranos de unos cuantos batallones. Empezamos con la infantería y dejamos a los oficiales para más tarde.

Al hacer cada llamada nos identificábamos, explicába-mos en qué estábamos trabajando y dejábamos hablar a los veteranos. Fuimos haciendo una extensa entrevista tras otra, todas callejones sin salida pero todas útiles para entender el frente de guerra hacia mediados de 1950.

Finalmente, en nuestra entrevista número 34, encontré a un hombre quien dijo haber visto lo que ocurrió en No Gun Ri. Los detalles que dio eran convincentes, pero tuve que hacer otras quince entrevistas antes de dar con otro testigo. Finalmente empezamos a concentrarnos en el Segundo Ba-tallón del Séptimo Regimiento de Caballería. Encontramos a más hombres en Kentucky, en Kansas, en Michigan, dispuestos a hablar sobre civiles coreanos atrapados bajo el fuego de su batallón, en el mismo puente ferroviario y en el mismo período.

"Recuerdo haber disparado a la gente para abrir campo", dijo uno. "Llegó la orden de disparar", dijo otro.

Las entrevistas no resultaban nada fáciles.

Resultaba claro que algunos de estos hombres, de sesenta o setenta años de edad, sentían la necesidad de desaho-garse. Pero incluso éstos podían ser un reto que requería llamadas adicionales o visitas personales antes de abrirse. Otros quienes pensábamos que habían estado allí, no querían ha-blar, y algunos más eran poco claros. "Yo sé que estuve allí", fue todo lo que dijo uno de ellos cuando le preguntamos so-bre No Gun Ri.

Poco a poco comprendimos que muchos, si no esque la ma-yoría de los ex soldados, aún están marcados psicológicamente por lo que vieron o contribuyeron a hacer en esos tres días de finales de julio de 1950. Choe, mientras tanto, reunía los detalles ofrecidos por 24 sobrevivientes coreanos en sendas entrevistas. En ambos extremos del Pacífico empezaron a surgir pequeños y es-calofriantes detalles. Tanto los veteranos estadunidenses como los coreanos hablaron del mortal rebotar de balas, de cómo los sobrevivientes se ocultaban bajo montones de cuerpos, del eco de los gritos de las mujeres y los niños en los túneles de concreto.

Habíamos llegado al centro de la historia. Finalmente logramos que cerca de 25 veteranos reconocieran lo sucedido, y la mitad de ellos eran fuentes sólidas que aceptaron hablar abiertamente (on the record) de los detalles. Pero quedaba mucho trabajo por hacer.

Port nos pidió que volviéramos a los Archivos Nacionales para corroborar los expedientes y buscar mas información. El objetivo era ase-gurarnos de que no se nos escapara nada sobre las balaceras y recopi-lar más información sobre las operaciones del ejército estadunidense.

Herschaft encontró manuales y regulaciones militares de los cin-cuenta, así como 37 cajas de notas hechas por el historiador oficial del ejército estadunidense para la gue-rra de Corea.

Herschaft obtuvo en bibliotecas escolares información sobre las leyes de guerra vigentes en esa época y sobre las cortes marciales realizadas en Corea. Esos procesos estuvieron relacionados con de-litos habituales pero no hubo nin-guno de la magnitud de No Gun Ri. Las bases de datos de Lexis-Nexis y Westlaw aportaron artículos legales relacionados con crímenes de gue-rra. Aprendimos sobre la masacre de My Lai ocurrida durante la gue-rra de Vietnam.

Parte de nuestros hallazgos es-taban muy cerca de la oficina: re-vistas y libros poco conocidos sobre la guerra de Vietnam que encontramos en la biblioteca pública de Nueva York, y transcripciones de audiencias ante el Senado sobre atrocidades en Corea, que encontramos en la biblioteca de la Uni-versidad de Columbia. (Como descubrimos, el término "atrocidad" se aplica tan sólo a actos cometidos por los enemigos chinos y norcoreanos)

En total, Herschaft hizo más de 50 visitas a bibliotecas públicas y universitarias. Revisó diarios euro-peos y estadunidenses de la época, y consultó toda la bibliografía e ín-dices de publicaciones periódicas para corroborar que la masacre nunca había sido reportada. En Seúl, mientras tanto, Choe descubrió que se había reportado en agosto de 1950 en notas de la prensa norcoreana que nunca circularon en Occidente. Obtuvo copias.

Las entrevistas seguían su curso. Choe realizó cerca de cien, tanto con sobrevivientes y familiares de las víctimas como con histo-riadores coreanos y otras fuentes.

Por la parte estadunidense, hicimos más de 220 entrevistas incluyendo sesiones múltiples con algunos veteranos y numerosas conversaciones infructuosas con hombres que estuvieron muy lejos de los hechos en No Gun Ri. Nuestras llamadas telefónicas rebasa-ron al personal del Séptimo de Caballería a medida que supimos de otros incidentes en los que fueron asesinados refugiados sudcoreanos. Además de los veteranos, hablamos con historiadores estaduniden-ses y otros expertos incluyendo especialistas en leyes de guerra de Ginebra, de la Academia Militar de West Point y de otras partes.

El trabajo de entrevistas terminó con una serie de viajes por el país para grabar en video los relatos de los ex militares. Se grabaron entrevistas similares en Corea, y las grabaciones también sirvieron como base para los reportajes radiofónicos de ap.

A medida que pasaban los meses los editores de fotografía co-misionaron la documentación de los veteranos y de los sobrevi-vientes y recuperaron fotos de archivo para ilustrar la historia. En los Archivos Nacionales hicimos un gran descubrimiento: tomas de los cincuentas en las que ingenieros del ejército estadunidense ponían cargas explosivas en un puente que explotó mientras lo atravesaban refugiados, de los cuales muchos murieron. La explo-sión del puente figura en la sección de otros incidentes que forma parte de la serie.

El 29 de septiembre de 1999 publicamos el primer reportaje, ti-tulado El puente de No Gun Ri, y dos semanas después publicamos otra parte sobre refugiados muertos en otros incidentes.

Los efectos del proyecto

Los reportajes aparecieron en la primera plana de diarios de todo el mundo y en las principales cadenas de televisión. El mismo día el presidente Clinton ordenó que el Pentágono investigara lo ocurrido en No Gun Ri "de la manera más exhaustiva y expedita posible". El gobierno de Corea del Sur inició sus propias investigaciones.

El efecto más importante fue entre los sobrevivientes coreanos, cuyas esperanzas sufrieron un gran golpe en 1998 cuando su de-manda de compensaciones fue rechazada por un tecnicismo.

El día que se publicó el primer reportaje uno de los sobrevi-vientes más viejos llamó a Choe.

"No me quedan muchos días de vida", le dijo. "En mi testamento, diré a mis descendientes que recuerden lo que ap hizo por mi familia".

*Martha Mendoza forma parte del equipo de The Asscociated Press que investigó esta historia. Este texto fue publicado en el IRE Journal, de Investigative Reporters and Editors. El reportaje original de ap en inglés, titulado Bridge at No Gun Ri, aparece en wire.ap.org/APpackages/nogunri/story.html

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