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En julio de 1997, investigué la masacre de Mapiripán, una de las más crueles que han tenido lugar en Colombia. Durante cinco días, algunos miembros de grupos de autodefensa cortaron en pedazos a habitantes de este poblado. Cuando me iba, un anciano descalzo corrió hacia mí, y me dijo “¡Espere, espere!”. Me dijo “Todos mis hijos están muertos. Tres de
ellos se unieron a las guerrillas y dos a los paramilitares. Quizás se
mataron entre ellos”. Con lágrimas en los ojos me dijo “Por favor ayúdenos.
Tanto las guerrillas como los paramilitares están matando a nuestros
hijos. Están matando nuestro futuro”. Sólo pude decir “Haré todo lo posible”. Hoy, trataré de cumplir esa promesa. Como periodista, he visto en mi país las múltiples
caras de la desesperación. Muchos de mis colegas han muerto mientras cumplían
su labor; casi cincuenta en los últimos diez años. Si el periodismo ha tenido esta cantidad de víctimas,
imaginen el horror cotidiano que viven los habitantes de campo hoy
atrapados en el conflicto. En muchas regiones, nuestros niños tienen más
acceso a un fusil que a un juguete o a un libro. La violencia ha obligado a un millón y medio de colombianos a salir de sus
hogares y a convertirse en desplazados; diez colombianos caen todos los días
víctimas de la intensa violencia política. Colombia está al borde del precipicio y esto debe
ser motivo serio de preocupación por parte de todos los aquí presentes.
Las fuerzas en conflicto de mi país están siendo financiadas en parte
significativa con el dinero de las drogas que se venden en Estados Unidos. El gobierno de los Estados Unidos ha respondido a
esta grave crisis con grandes incrementos en la asistencia militar. Ya
tenemos demasiados fusiles en Colombia. Necesitamos gran asistencia
humanitaria. Urgentemente. Un congresista estadounidense me dijo recientemente
que no podía hacer pasar un proyecto de ley que otorgara una
significativa asistencia para el desarrollo a Colombia. “¿Por qué?”,
pregunté. Dijo que a sus constituyentes no les interesa nuestro país. Yo
digo que lo que pasa realmente es que muchos estadunidenses no saben lo
que está pasando. Colombia necesita la ayuda de los periodistas de todo
el mundo. Los medios internacionales tienen un papel clave en el futuro de
Colombia. Los que toman las decisiones, los líderes y las organizaciones
internacionales prestan gran atención a lo que ustedes publican. Si todos los medios aquí representados cubrieran la
complejidad de Colombia de una forma más amplia y precisa, tanto la opinión
pública como los que toman las decisiones tendrían la oportunidad de
entender mejor al país. Quizás esto podría llevar a que se designaran
políticas más constructivas y efectivas, que le dieran una oportunidad
al proceso de paz. Si todos los medios aquí representados cubrieran la
complejidad de Colombia de una forma más amplia y precisa, tanto la opinión pública como los que toman las decisiones tendrían la oportunidad de entender mejor al país. Será muy difícil avanzar en un proceso de paz en
Colombia. Todos lo sabemos. Pero la alternativa es la guerra total, y los
primeros que caerían víctimas de las balas serían los niños que han
sido arrastrados a sus filas por parte de las fuerzas en conflicto. Me siento muy honrada al recibir el Premio
Internacional de Libertad de Prensa del Comité para Proteger a los
Periodistas. Pero como periodista siento que el papel que debo asumir en
Colombia es dar voz a los muchos que no tienen voz. Los verdaderos héroes,
a los que quisiera honrar hoy, son aquellos colombianos que, como el
anciano, no se dan por vencidos y se asen a una esperanza, aún en medio
de la desesperación. María Cristina Caballero es reportera del semanario colombiano Semana Este es el texto que leyó el 23 de noviembre al recibir el Pre mio Internacional a la Libertad de Prensa otorgado por el Comité para Proteger a los Periodistas. |