El primero de junio, con una
tesis titulada "Política económica de crecimiento en el México moderno",
Fausto Alzati obtuvo el grado de doctor en Política Económica y Gobierno en la
Universidad de Harvard. Días después regresó al país de donde había partido en el
verano de 1995 en medio del escándalo y la parodia. ¿Quién no recuerda la historia del
secretario de Educación que debió dejar el puesto porque la opinión pública descubrió
que no tenía siquiera el grado de licenciatura? El hombre de 44 años que está del otro
lado de la mesa no parece, sin embargo, apolillado por el resentimiento. Al contrario. Sus
frases destilan entusiasmo. Quizá sean sus 120 kilos o el semblante juvenil, pero en más
de una hora de charla no hay expresiones amargas. Quiere presentarse, y lo logra, como una
inteligencia que ha desdeñado lo caprichoso y lo arbitrario: "Soy muy tenaz, vengo
de un pueblo de mineros en Guanajuato, sé luchar." De su investigación, que pronto
se publicará en México, habla apasionadamente. Y exige, "porque es algo que se
puede exigir", que la economía nacional comience a crecer a tasas del 8 por ciento,
y que, como han enseñado los japoneses, mantenga ese ritmo durante décadas. El célebre
doctor Alzati está de regreso. ¿Te provoca una sensación ambivalente esta tesis?
Somos obra, por una parte, de nosotros mismos, por otra, dependemos de circunstancias que
nos rebasan. ¿Quién me mandó nacer en Guanajuato? ¿Quién me mandó tener que venir a
la ciudad a un puesto de nivel medio en la Secretaría de Hacienda cuando aún no me
recibía? ¿Quién me mandó obtener la beca para irme a Harvard cuando no tuve el tiempo
ni el interés de titularme de abogado?
Es tu biografía, tu historia. ¿Ves esta tesis con mucho cariño?
¡Hay mucho cariño en todo lo que hago! Cuando me equivoco, aprendo de mis errores, y
cuando logro algo exitoso, me enorgullezco. Lo más importante es cómo te percibes a ti
mismo. Lo que va más allá de ti, pues... eres un ser humano, un día te vas a morir y se
acabó.
De ahí, supongo, el epígrafe de la tesis: "La práctica es el único camino
para verificar lo verdadero", de Den Xiaping.
Así es. Quizá yo pude haber hecho una contribución muy grande a este país como
secretario de Educación. Pero llegué como un secretario de Educación con fallas
técnicas. Me las encontraron, se hicieron públicas en un episodio que, más allá de mi
costo personal, contribuyó -espero que haya contribuido- a lograr muchas cosas que quise,
pero que no logré de otras maneras.
¿Como qué?
Mucho del empuje que se le dio a la publicación que hizo Reforma se debió a un
resentimiento que se había generado en muchos círculos por la exigencia que se planteó,
siendo yo director de Conacyt, de que para ser miembro del Sistema Nacional de
Investigadores había que doctorarse.
¡Qué paradoja!
Una de mis grandes convicciones es que un Estado moderno y un país exitoso requieren de
un esfuerzo sistemático para eliminar los niveles de discrecionalidad en el ejercicio del
poder, tanto público como privado. Mi actuación en Conacyt fue precisamente una muestra
de eso. Yo le quité todo el poder que pude a la oficina del director general y se lo
pasé a los comités y a la propia comunidad científica. Reemplacé las decisiones
personales por métodos objetivos de decisión. Y, paradójicamente, como dices, me volví
muy poderoso como director general.
Volviendo a tu historia...
Yo siempre he creído fervientemente en la libertad de expresión. Creo en las sociedades
abiertas. Y no sólo por lo que una sociedad abierta implica en términos de leyes e
instituciones formales, sino por sus códigos de conducta social.
¿Sí?
Bueno, pues esa sociedad abierta me cachó en una inexactitud. No fue una mentira
planeada ni voluntaria. Nunca obtuve ventaja de esto. Nunca busqué un trabajo ostentando
lo que no era. Y así tuve que testimoniárselo a Harvard para que me readmitiera.
Además, esto que me sucedió limitó la capacidad de los funcionarios públicos para ser
inexactos en la presentación de su información ante la sociedad. Creo que a partir de
eso, y de algunas otras cosas que me pasaron después, hemos ido eliminando
discrecionalidad y hemos ampliado el acceso a la información. Contribuí con eso. Me
hubiera gustado contribuir de otra manera, como secretario de Educación. Ni hablar. Mucha
gente, cuando vio lo que pasó conmigo, pues le empezó a dar prisa por doctorarse.
Tienes buen sentido del humor.
Ya ves, lo que no logré como director de Conacyt, lo logré renunciando como secretario
de Educación. No me gusta lamentarme. Yo no tengo los ojos en la nuca. Los tengo en la
frente, para ver para adelante. ¿No sé si has visto a los indios de los westerns
cuando miran el horizonte para ver si vienen los soldados de Custer? Pues lo hacen así
con la mano para protegerse del sol y ver lo más lejos posible, no para taparse los ojos.
Pero, como las metáforas sobre Quetzalcóatl y Sísifo que usas en tu tesis, hay
algo de trágico en tu historia reciente. Sófocles está dando vueltas.
Nunca sabré si desde el gabinete pude haber contribuido de manera importante al
crecimiento de este país y al mejoramiento del nivel de vida de los mexicanos pobres, que
son mis dos grandes objetivos en la vida. Lo que pueda hacer de aquí en adelante es lo
que me importa. Y me importan esos dos objetivos. Y sólo cuando me esté muriendo podré
hacer una evaluación general de cuánto fue lo que pude ayudar para que el país creciera
más rápido y se redujera el número de pobres. Espero, por lo pronto, que mi tesis
contribuya en algo.
Hablo de tragedia en sentido más amplio. Tú eres un académico, un científico
social con formación rigurosa: Conacyt, Harvard, la Secretaría de Educación. Hablo de
un incidente que te convierte en personaje paródico.
¡Nooo! El único dolor que traigo es el de espalda por tantas horas de estar sentado
dándole a esto.
Se hizo una parodia de tu caso.
No me preocupa porque sé que la verdad está de mi lado y que, con paciencia y ayuda de
amigos, voy a acabar por establecer una verdad frente a la falsa verdad. Soy muy tenaz,
vengo de un pueblo de mineros, sé luchar.
Fue un golpe muy duro.
¡Ni modo! Aquí estoy, regresando, trabajando. No regreso a México a hacer una campaña
de publicidad. Y eso lo tienen que saber quienes están muy preocupados en las esferas
públicas, esos que andan preguntando que cuánto me están costando estas entrevistas con
la prensa.
¿Quiénes son?
De la grilla prefiero no hablar ahorita. Estamos viviendo una crisis terrible de
valores éticos, y no nada más en el quehacer público: la puedes ver en el quehacer
informativo y en muchos lados. Es durísimo. La historia de nuestro país nos enseña que,
en la práctica, no es el más ético el que triunfa. En nuestra historia han triunfado
los más despiadados. Y hay un aprendizaje social de eso.